Domingo, 6 junio 2010
De peldaño en peldaño fugitiva

Sobre el Huécar (11)

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—En el centenario de Federico Muelas—


Una de las características destacadas de las escaleras es su capacidad para jugar con el espacio, inventando recorridos en muchos casos diseñados sobre el mismo aire, en busca de recovecos y rincones sobre los que surgen fantasías combinatorias de planos y perfiles. Quienes carecen de imaginación piensan que el camino más corto entre dos puntos es una vulgar línea recta ajena a cualquier frivolidad creativa, una pérdida de tiempo (y dinero) a fin de cuentas, podrían argumentar seguramente, mientras contemplan, quizá con un gesto de aburrimiento, la ruptura de tan directo principio en lugares donde la norma es sustituida por su contraria.[Img #1861]

    La escalinata que salva el Huécar entre la calle de los Tintes y la Plaza de las Escuelas no tiene nombre; tampoco acumula excesiva antigüedad, pues es invención relativamente moderna, una aportación de los años mediados del siglo pasado, cuando gente inteligente y cuidadosa puso manos a la obra de reinventar la ciudad, aportando para ello no solo dinero, que no lo había en exceso, sino buen gusto acompañado de creatividad para aprovechar la principal riqueza del territorio urbano conquense, sus posibilidades de enriquecer espacios normales para darles formas originales. Aquí, en este lugar marcado por una sorprendente humildad con la que intenta pasar desapercibido (otra, sin duda, de las muchas características de tantos rincones de Cuenca), los alarifes de la piedra y el mortero pusieron manos a la obra de sugerir una atrevida solución para salvar la distancia existente entre el punto de partida, la base, y el de llegada, la altura, abriendo así un nuevo mecanismo por el que poder huir, de peldaño en peldaño, en busca del corazón de la ciudad.

    No falta ningún detalle. El arranque, en recto, perpendicular a la calle de los Tintes, se organiza mediante 17 escalones de buena piedra tallada bajo los que un arco de medio punto forma el puente por donde se salva el cauce del río. No estorba, en absoluto, mejor aún: es conveniente hacerlo, detener ahí los pasos, para dirigir la mirada, a ambos lados y contemplar el airoso devenir del río, tan alegre esta temporada en que los dioses de la lluvia han mostrado su generosidad, haciéndonos olvidar épocas de penuria, con su secuela de tristes visiones de un cauce seco o, como mucho, alimentado artificialmente, que también se agradece, con tal de ver fluir y correr el agua. Tras ese primer tramo se alcanza el nivel superior de esta originalísima calle que, aunque transformada por la modernización, conserva el espíritu que la definió, paralela a la muralla de la que ahora apenas si emergen algunos fragmentos, uno de ellos aquí mismo, torreón incluido, en coexistencia con una austera fuente de dos caños y triste caudal, en la que nunca he visto a nadie consolar sus calores cansados con un buen trago de agua. Para llegar hasta este punto superior de la calle han sido precisos otros 11 peldaños, formando ángulo con el primer tramo anterior.

    Si ese juego espacial ya es bastante atractivo, la originalidad se desboca luego en forma de túnel bajo las viviendas, solución urbanística infrecuente en Cuenca (algún otro ejemplo hay, pero no muchos), con la compañía de la penumbra si es de día o de abierta oscuridad en las horas nocturnas, con sobresalto incluido para los ánimos temerosos, cuyos pasos se apresuran para salvar los 20 peldaños que permiten el acceso a un nuevo tramo, en forma de ángulo recto con el anterior, para dar así un quiebro espectacular y seguir desarrollando esa juguetona elucubración espacial que enraíza en la esencia de esta escalera. Son nueve los escalones comprendidos en ese último sector, que enfoca directamente a la calle de la Moneda, situada enfrente, con su inalterable mensaje de magia envuelta en misteriosas leyendas medievales, ya casi olvidadas en el trajín del tiempo moderno.

    Con ese último esfuerzo ascendente hemos desembocado en la Plaza de la Escuelas, recordatorio sentimental de las que aquí hubo, por iniciativa y regalo del buen obispo Palafox, cuyo nombre coexiste con el de otro prelado no menos brillante (aunque en territorio muy dispar de aquél), el cardenal Payá, cuya oratoria sirvió para convencer a la Iglesia católica de que el papa es un sujeto infalible y así lo consagra el dogma aprobado por su iniciativa. En la plazuela, cualquiera que sea su nombre, se abre otro tramo de escalera, formado por dos sectores de 9 y 8 escalones por los que el ánimo sigue huyendo fugitivo para alcanzar, ahora ya sin peldaños, los caminos que penetran en lo más profundo de la ciudad antigua.

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