El 10 de diciembre de 2010 hacia treinta y cuatro días que había fallecido mi madre. Mientras estaba preparando la cena, noté que detrás de mí pasaba una pequeña y rápida ráfaga de luz que tocaba mi brazo derecho. Al notarla sentí que era la mano de mi madre. En la forma de tocarme y de apretarme suavemente el brazo, sentí que me decía: "Estoy en tu alma". Permíteme que sea yo ahora quien te diga lo que siento. Yo no sé si existe el cielo, pero si lo hay tiene que ser muy parecido al domingo, que es el día que Silverio, tú y yo estábamos juntos disfrutando de ese ajo de mataero y de esa extraordinaria tortilla de patatas única e irrepetible que preparabas como nadie, y que acompañábamos con un Altos del Cabriel y una buena película.
Ya fuera la película de Gary Cooper, Charles Boyer, Gregory Peck, Cary Grant, Tyrone Power, Greta Garbo, Gene Tierney, Katherin Hepburn, Sara Montiel etcétera, etcétera. Decía el poeta que hay que emborracharse de poesía, de vino, de vida.
Emborrachamos de vida
Y tanto Silverio como yo, nos emborrachamos de vida, de ti y de lo que tú significas para nosotros haciendo todos los domingos estos dulces manjares y viendo una de esas películas que a ti tanto te encantaban. De esas películas de las que me hablabas con suma emoción y maestría cuando tenía seis o siete años mientras me llevabas de la mano desde nuestra casa en el barrio de La Milagrosa hasta Escolapios, y al dejarme te dirigías al Edificio Europa a fregar ladrillos para sacar como sacaste al final a tus dos hijos no sólo hacia adelante, sino también de aquel barrio tan humilde como es y seguirá siendo La Milagrosa. Sé que no estoy solo. Que adonde yo voy, tu vas conmigo. Que mientras duermo y nadie se da cuenta sigues viniendo a verme. Volviendo a casa como tantas veces lo habías hecho en vida, y es que no hay nada comparable en esta vida como la mirada de una madre, esa dulce mirada que a veces siento mientras sueño y que en mitad de la noche me despierta de un salto sabiendo que no regresara nunca. Si alguna vez dudé de ser un ganador, hoy sé que a tu lado jamás fui perdedor.
A Albacete he de contar hasta perder la voz que fuiste la Venus de Belda. La que por la calle el Cid, la calle Mayor y la calle Ancha robaba de izquierda a derecha los corazones de muchos muchachos albaceteños de posguerra con aquel moño italiano que solamente sabía hacerte Cachote y con aquel abrigo de pata de gallo que hizo para ti Matías Montero.
Que tu aplastante sentido común y tu generosidad son parte de las siete maravillas del mundo, vienen en los libros. El Partenón, la luz de Vermeer, el beso de un hijo, Los hermanos Marx, La Salvaora de Manolo Caracol que a ti tanto te gustaba, tu sentido común y tu generosidad. Sé que a lo largo de tu vida fuiste muy infeliz y que sufriste muchos reveses y sinsabores.
Pero has de saber que pese a todos esos golpes, Dios fue generoso y te concedió dos hijos que han sido tu bastón, que te han querido desesperadamente y que han dado por ti hasta la última gota de su sangre. También quisiera decirte otra cosa. Tuviste la virtud de ser una persona que ha visto dentro de las personas. De quién era bueno y quién era malo. Nunca te equivocaste cuando me decías con quién tenía que andar por la vida.
Nunca te equivocaste cuando decías quién era un santo, un genio o un gilipollas. Era admirable cuando asistíamos a conferencias y cuando en ellas derramabas tú mágica verborrea y esa memoria desbocada que cuando la dejabas caer, tenía algo de cantar de ciegos. Tanto que las personas allí presentes siempre acababan preguntándote ¿Ha sido usted profesora? Y tú acababas contestando: No.
Lo que he sido termina también en -ora-. He sido limpiadora. Tenías una luz dentro. Luz y microscopio. Ya es hora de despedirme y de dar las gracias. Gracias a toda la planta de Paliativos del Hospital Perpetuo Socorro por el exquisito cuidado que profirieron a mi madre para que muriera con dignidad. Gracias a los doctores Alamilla y José Javier de Arriba Méndez por hacer gala del juramento hipocrático hasta su última letra.
Gracias al servicio de hostelería del Perpetuo Socorro por su amabilidad y por el excelente servicio que nos prestaron a mi hermano y a mi en momentos tan difíciles.
Gracias a mi amigo y maestro Valeriano Belmonte por escribir esa cálida, hogareña y maravillosa carta sobre mi madre. Y gracias a Julia Belmonte Sánchez por hacer que mi madre estuviera presentable antes de partir de este mundo.
Tu muerte ha abierto en mí un interrogante que pesa como una losa, que me hace ver la vida de una forma diferente. Un interrogante que es amargo como la vida, dulce como el amor y a veces, misterioso como la propia muerte.
Un interrogante que un día se cerrará cuando Dios me reclame para dar cuentas ante él y poder estar a tu lado. Pero no hay que tener prisa porque sé que donde estás, estás bien.
Estás con personas a los que yo he admirado. Personas sabias, buenas y eternas como Juan Sotoca, Misael Angulo Alcarria y Mercedes Sotos, por citar a algunos. Y sé que Dios se lo está pasando de cine con vosotros. Sé lo mucho que le estáis enseñando en ese banquete de generosidad, elocuencia y buen hacer que lleváis por vuestras venas.
Un banquete de humanidad que no lo iguala ni las bodas de Camacho. Sé que un día volveremos a vernos porque todo es cuestión de un suspiro.
Es un pie entre la tierra y el cielo. Te prometo que al igual que he luchado por tu vida, ahora me toca luchar por la mía.
Mientras Dios siga teniendo esa salud de hierro te seguiré queriendo.
Gracias Señor por la madre que me regalaste. Gracias por todo, mama. Nos vemos.
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