Ya lo saben todos ustedes. El presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero ha anunciado que se va. Es decir, ha dicho que se va. Pero se queda. Como casi todo lo que ha hecho en siete años de Gobierno, esto hay que explicarlo mucho para entenderlo. Veamos.
Los socialistas llevan muchos meses convencidos de que Zapatero es un lastre insoportable para su partido. No sólo para las generales, sino para las autonómicas y municipales ahora en mayo. Las ilusiones de que la economía mejoraría antes de las elecciones se disiparon hace tiempo.
Al contrario, seguimos cayendo en el pozo negro que ha sido su segunda legislatura. La recuperación con un gobierno de combate con Rubalcaba como ariete de choque demostró pronto ser otro espejismo. Zapatero se ha resistido como gato panza arriba a aclarar su situación e intenciones. Hasta que el partido se ha hartado. Y le han obligado a hacerlo.
Lo hizo hace dos sábados. Habrá quien le crea eso de que no será candidato por convicción. Sería la única convicción pública que ha mantenido.
Otros están seguros de que si tuviera una mínima posibilidad de ganar, esta supuesta convicción habría corrido la misma suerte que las otras. Y que habría intentado presentarse de nuevo. Ahora se abre en el partido socialista un proceso de primarias. Un proceso democrático de selección que le honra al partido. Mejor dicho, que le honraría si no se produjera en estas condiciones. Porque la rivalidad y la lucha por el cargo va a tener por escenario el consejo de ministros. Y los dos rivales ya conocidos son el vicepresidente y ministro del interior y la ministra de defensa. Y las trampas entre ellos ya han comenzado.
Y muchas se harán, como acostumbran, utilizando los instrumentos y el aparato del Estado para sus fines. Que ya no son siquiera partidistas, sino sectarios. Así las cosas, la anunciada despedida de Zapatero que no lo es, nos deja un presidente interino y una lucha de facciones dentro del Gobierno de España. Y se pretende continuar gobernando como si no pasara nada, en la actual situación de emergencia en que se encuentra España. Zapatero reconoce ser un lastre para el partido socialista pero pretende no serlo para España. Y nos quiere condenar a once meses de interinidad y parálisis. Esperemos que con las elecciones autonómicas y municipales hasta Zapatero reconozca que la situación es insostenible. Y que la consideración que le merecen los intereses socialistas la pueden exigir todos los españoles para los suyos.
Prolongar esta agonía sería un desprecio innecesario y muy caro a los intereses de España. Al menos al final, podría dejar de hacer trampas. Marcharse de Verdad. Y convocar elecciones generales.
P.D. ACTAS DE ETA
Mucha gente se pregunta que cómo hemos conseguido convertirnos los españoles. Que cómo es posible que con muy escasas excepciones no hayamos reaccionado ante todo lo acontecido en los últimos años. Un país que hace una década estaba orgulloso de sus logros. Que se acercaba a la media del bienestar de los países más desarrollados. Que había entrado por la puerta grande en el euro. Hoy con la economía paralizada, con cinco millones de parados, una vertiginosa destrucción de empresas. Convertidos en un socio del que se desconfía. En un peligro para la estabilidad del euro.
Y en el principal enfermo de Europa en todos los indicadores: desempleo, transparencia, corrupción, competitividad. Tampoco ha reaccionado la sociedad frente a otros desastres para nuestra convivencia.
El mensaje revanchista del Gobierno ha abierto heridas que la transición y la reconciliación nacional había cerrado. Se han creado enemigos y antipatriotas donde había adversarios políticos. Y se ha negado legitimidad a todo el que criticara al poder. Se ha ofendido a las creencias de millones de españoles. Pues durante todos estos años los españoles apenas han protestado. Hoy hablamos de un escándalo que no nos toca el bolsillo. Pero mucho nuestra dignidad. Es la historia de una inmensa infamia. Gracias a una jueza francesa tenemos las actas de ETA de un encuentro con los enviados del Gobierno en sus negociaciones en 2006. Confirman que el chivatazo dado por mandos policiales a ETA para evitar una detención fue ordenado por el Gobierno.
Confirma también que las detenciones posteriores, en Francia, se hicieron contra la voluntad del Gobierno que las consideró "un accidente grave". Por las que se disculpó ante ETA. Confirma que mintió a la opinión pública tanto sobre el impuesto revolucionario como sobre la hoja de ruta. Deja claro que el Gobierno estaba dispuesto a saltarse la ley. Y a engañar a su propia policía y a los jueces para cumplir sus acuerdos previos con ETA.
Queda en evidencia que el ministro Rubalcaba es la pieza clave en la hoja de ruta. Los negociadores se esfuerzan por demostrar lo fiel que es el Gobierno y de ETA, a los jueces, a la oposición del Partido Popular, a la prensa y las víctimas del terrorismo. Parece claro que el Faisán solo es un capítulo en una larga colaboración del Gobierno con ETA. Que muchos creemos que continua. Dice ahora el Gobierno que un acta de ETA no tiene credibilidad.
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