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Martes, 3 enero 2017

Las cuevas de hoy

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BLOGS | Fermín Gassol Peco 0 Comentarios

Cuando los hombres pisamos por primera vez la tierra, allá en el paraíso, las viviendas no existían, la bonanza climatológica permitía que los humanos pudieran ir en cueros. Fueron otras causas las que incitaron al hombre a cubrirse un poco. Cuando su curiosidad le hizo descubrir nuevas tierras, su climatología era mucho más adversa y tuvo que recurrir a la “vivienda”. Y lo más fácil fue aprovechar las oquedades más o menos profundas que la orografía les mostraba. Las primeras viviendas que los hombres habitaron se encontraban escondidas en las entrañas de la tierra. Las cuevas eran los lugares más acogedores para defenderse de la climatología extrema y de las inclemencias del tiempo.

 

Poco a poco fueron queriendo ver la luz de otros lugares; el hombre se hizo nómada y caminando por donde las montañas no existían, se vio obligado a vivir acampando sobre el suelo o en los árboles, cuan primitiva premonición  de hacerlo como hoy en las alturas y allá donde el futuro le esperaba para poder sobrevivir.

 

Cansado de caminar se hizo sedentario y cuando vio que agrupados con otros semejantes podía acometer mayor número de empresas empezó a formar pequeños asentamientos; poco a poco estos núcleos fueron creciendo en mayor o menor medida, siempre en contacto con el suelo.  Un buen día unos espabilados pensaron que el suelo no era ni del viento ni de quien lo trabajaba sino del que llegara justo a tiempo y con sus lanzas y cayados fueron marcando sobre el terreno los límites de sus conquistas; había nacido la propiedad, la exclusividad dentro de la colectividad. Hombre y suelo conformaban ya la nueva sociedad de la seguridad y el poder.

 

 Con la revolución industrial los núcleos aumentaron sus límites y empezaron a formarse costras de asfalto sobre la piel de la tierra; habían nacido las urbes. Y en esas urbes confluyeron dos filosofías, la de aprovecharse mejor del suelo y la de dejar de pisar la tierra asfaltada o embarrada. Había nacido el concepto de ciudad. Aparecieron edificios de varias alturas, cada vez con más alturas dando a las ciudades una imagen de enormes cajas de cerillas de cemento que encendidas calentaban como nunca  en invierno los hogares. Habían nacido las ciudades verticales.  

 

El futuro de las grandes ciudades se presenta altivo, muy altivo. En Dubay se ha construido el rascacielos de más altura con sus 818 metros. Con el tiempo y el progreso las ciudades se convertirán en agrupaciones de “barrios verticales”. ¿Se imaginan a un matrimonio o a un grupo de amigos que vivan en esas enormes moles y queden para darse una vuelta por “el barrio”? Se podrá hacer la compra, ir al trabajo o al cine sin “salir de casa” incluso darnos alguna vuelta por los parques interiores donde siempre estará presente una agradable primavera. Vivir así estará lleno de ventajas. La primera  ventaja será sin duda, la del ahorro en combustible, en automóvil o en otro medio de transporte. La segunda supondrá un ahorro de tiempo en los desplazamientos evitando los atascos a diario en las horas punta. La tercera supondrá también una mayor homogeneidad en la forma de vida de todos los que habiten en esas cuevas, perdón, en esos rascacielos. Y la cuarta que se evitarán así las molestias de las inclemencias del tiempo y gastaremos también menos dinero en ropa. Volveríamos así a vivir de nuevo y sin pensarlo, en hermosas cavernas como el hombre primitivo, no en las entrañas de la tierra sino en las del cielo…y es que por mucho que cambien las maneras y las modas, al final “nihil novum sub sole”, nada nuevo bajo el sol… porque los rascacielos, hasta ahora, todavía no han llegado a tocarlo.

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