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Viernes, 17 marzo 2017

Una sociedad licuada

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BLOGS | Fermín Gassol Peco 0 Comentarios

La crisis más profunda que presenta hoy el hombre postmoderno es la de pensamiento, causa o consecuencia, no sabría decirlo, de la crisis provocada por la falta de identidad social y cultural.

 

            Zygmunt Bauman (Poznań 1925) es un sociólogo polaco de origen judío que  ha dedicado buena parte de su obra a analizar temas relacionados con la postmodernidad, consumismo, globalización y la nueva pobreza. Premio Príncipe de Asturias en 2010 de Comunicación y Humanidades. Este también filósofo y ensayista, es autor del expresivo término “Modernidad líquida”, donde desarrolla su idea de que la sociedad actual carece de valores suficientemente sólidos para determinar una identidad propia. ¿La antítesis filosófica de Hegel traducida por este polaco a términos sociológicos de “sociedad líquida”?

 

             La eclosión económica vivida años atrás, (no acompañada de interés por lo cultural precisamente), hizo pensar a muchos ciudadanos que por fin habían alcanzado el deseado paraíso terrenal en el que no hacían falta las ideas, solamente cabía el consumo, cuanto más mejor, de los placeres materiales de la vida. Una corriente de  hedonismo vital, no como resultado de la opción por una filosofía para enfocar la existencia, sino como mero acomodo a la agradable temperatura que producía tener pasta. La consecuencia, encontrarnos con una sociedad mayoritaria con dinero y sin cultura.

 

Ahora que los dineros andan más que escasos, los valores que enseñan o ayudan a sobrevivir en la adversidad, ni están, ni se les esperan. Este es el verdadero problema que creo, nos persigue a la hora de hacer frente de una manera acertada a la crisis económica. “La cultura es lo único que puede salvar un pueblo, lo único, porque la cultura permite ver la miseria y combatirla. La cultura permite distinguir lo que hay que cambiar y lo que se debe dejar.” (Mercedes Sosa). Porque lo que nadie, pienso, discute hoy, es que la cultura trae consigo conocimiento, capacidad de discernimiento y análisis, es decir, de crítica en su verdadero sentido y por tanto, libertad.

 

Dicho esto, ¿es el hombre de hoy más culto y por lo tanto más libre que el de hace por ejemplo ochenta años? Está meridianamente claro que si entendemos la libertad como la superación de condicionamientos físico- ambientales, de barreras y ataduras sociales que dificultaban la comunicación, de unas pautas de comportamiento a las cuales había que someterse, sin duda que sí. Hoy la persona obra como le viene en gana no existiendo una estructura establecida común, (no me refiero única y necesariamente a la faceta política) que le obligue a actuar de una determinada manera para que, a la hora de ser aceptado por esa sociedad, deba cumplir unas reglas personales y culturales impuestas. Hoy no existe una tesis aceptada de manera común, siquiera mayoritaria, sobre lo “social o culturalmente correcto”.

 

Ante esta ausencia de normas preestablecidas, es la persona y su conciencia la que está abocada a elaborar esas pautas de actuación. Hoy el fenómeno del comportamiento socio-cultural, atraviesa un desierto ayuno de valores tradicionales, entendiendo este concepto como aquellos ejes en los que se apoyaba la conciencia social mayoritariamente aceptada.

 

Quizá responda esto al hecho de que el hombre haya pasado de ser un “sujeto social localizado”, a ser un “sujeto individual anónimo”. La paulatina transformación del hombre con historia, que vivía en un lugar concreto conocido, “hijo de una familia”, con unos usos y costumbres, a un individuo escondido en la invisibilidad de unas grandes ciudades en las que nadie sabe cómo se llama siquiera quien vive en el piso de abajo.

 

Los valores que se identificaban con esa forma de vida anterior y que fijaban el comportamiento ya no encajan hoy en la nueva situación de aldea global porque hacían referencia en muchas ocasiones a valores heredados y por tanto no elegidos.

 

Ahora nos encontramos en un momento de antítesis, de una indeterminada búsqueda en esa aldea global, donde la “liquidez mental” y por lo tanto de actuación, está presente de una manera necesaria para poder encontrar nuevas formas, nuevas síntesis. En esas estamos; en un momento en el que la sociedad se encuentra errante…buscando un lugar con forma de “valle humanamente encantado”. Ojalá lo encuentre y ojalá también sea la cultura el fértil suelo sobre el que pise. Entonces estos momentos tan líquidos, sin “forma social”, de antítesis profunda, habrán merecido la pena.

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