Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies

Miércoles, 10 mayo 2017

Nunca es tarde

Marcar como favorita Enviar por email
BLOGS | Fermín Gassol Peco 0 Comentarios

Dicen que hasta el rabo todo es toro. Y es que hay historias que duran un segundo, otras que suceden en un minuto o en una hora, muchas que tienen de recorrido todo un día, hoy las menos que todo transcurre demasiado rápido y los hechos se nos agolpan y se superponen como milhojas existenciales en nuestro cerebro. Pero también las hay que pueden durar toda una vida. Las mejores historias que duran toda la vida son aquellas que nos hablan y relatan historias de salud, amor y de fidelidad. Existen otras sin embargo, que no teniendo en sí vocación para permanecer mucho en nuestras vidas se alargan incomprensiblemente en el tiempo. Suelen ser historias de desencuentros, de omisiones o quizá de rencores y que si bien al principio pueden ser fácilmente corregidas, el tiempo las hace más pesadas para que puedan ser salvadas.

 

 Sin embargo, el hombre, poseedor de una conciencia que está en movimiento permanente aunque a veces la tenga en “stand by” permanece sumido en una cierta inquietud mientras existe ese descuadre vital que le hace no estar a gusto consigo mismo en tanto sabe que tiene alguna deuda pendiente.

 

El caso que hemos conocido, trivial pero sumamente curioso de lo que puede suponer una rectificación, hace referencia al arrepentimiento de un hombre que robó un martillo de una tienda hace…veinticinco años y ha decidido pagarlo ahora abonando además una cantidad añadida, se supone que en concepto de intereses, aunque la cantidad entregada según el propietario del establecimiento afectado excede con mucho al valor actual del martillo; sin duda que una consecuencia más de su profundo arrepentimiento, aunque si calculamos los intereses que puede devengar una cantidad por pequeña que sea durante un cuarto de siglo, siempre supone un dinerito, eso lo saben bien los que por ejemplo mantienen una hipoteca.

 

El deudor en cuestión que ha debido tener un “subidón” de honestidad, ha mandado, eso sí de manera anónima, un sobrecito con una carta deplorando su añeja acción acompañada de la cantidad a modo de finiquito. Un martillo sustraído en la juventud que ha estado machacando además de clavos y alcayatas la conciencia de quien lo robó. Un martillo que nunca pudo imaginar, iba a tener tanta importancia y habría de durar tanto tiempo en el pesar de esta persona. Sin embargo de esta historia tan curiosa podemos sacar una visión algo positiva. La de que transcurrido un tiempo tan largo, los dos protagonistas sigan gozando, tanto de salud como de dinero para poder contarlo y también de que la tienda permanezca abierta todavía. No sabemos las edades de los susodichos pero se adivina que serán ya bastante avanzadas a tenor de lo que confiesa el tendero: en los cincuenta años que tengo abierto el negocio esta es la primera vez que alguien me ha pagado lo robado. Quién sabe si el propietario de la tienda, anciano ya, haya mantenido abierto el establecimiento esperando sin saberlo a que alguien por fin le haya podido ayudar a cuadrar, al menos un poco más, sus cuentas. Quizá pueda poner ahora por fin el cartel de “Cerrado por el cobro de una deuda”.

Acceda para dejar un comentario como usuario registrado
¡Deje su comentario!
Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
eldiadigital.es
eldiadigital.es • LSSIAVISO LEGAL Mapa del sitio
© 2017 • 2010 Todos los derechos reservados. Información de agencias: Europa Press
Powered by FolioePress