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Sábado, 13 mayo 2017

La duda como método

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De siempre me han causado cierta admiración a la vez que bastante  perplejidad, aquellos hombres y mujeres que tienen todo claro, esas personas tan seguras de sí mismas que no dudan nunca para nada de lo que piensan, dicen o hacen. Hombres y mujeres que lideran situaciones y colectivos del orden que sea con mano firme e inteligencia agresiva, positiva, práctica y vital. Personas que transmiten seguridad y confianza en lo que dicen y en lo que hacen. Sin embargo y de manera paradójica suele sucederles también a estas personas que las dudas que no tienen sobre sí mismos las tienen todas a la hora de creer en las ideas y acciones de los demás. Personas que no dudan sobre nada de lo que ellas elaboran pero que dudan metódicamente cual recalcitrantes cartesianos de lo que otros piensan.

 

Y en el otro extremo de las formas de ser y actuar nos encontramos a estos mismos cartesianos pero dudando de todo aquello que ellos mismos son y piensan; son los eternos dubitativos que “rumian y rumian” pero nunca deciden nada por miedo a equivocarse. Estos últimos son por el contrario personas que muy curiosamente confían con mayor facilidad en las iniciativas de los demás.

 

Pues bien, ninguno de estos dos tipos de personas me convence. Los primeros porque suelen ser unos prepotentes dictadores y los segundos porque se convierten en perezosos existenciales. Sin embargo son estos últimos lo que, creo, más abundan hoy. ¿En qué me baso para decir esto? Pues en que vivimos en una sociedad donde las relatividades son como su quinta esencia. Hoy donde tantos pareceres se mezclan a diario en un mundo en el que todos tenemos opinión, donde parece que la verdad reside en el consenso de lo que opina la mayoría aunque sea lega en la materia, toda verdad parece ser cuestión relativa.

 

Creo que este concepto tan actual de relatividad puede responder a dos causas: La primera puede ser debida al desconocimiento más absoluto sobre una determinada cuestión. Hoy por ejemplo se opina de lo divino y de lo humano con un desconocimiento que asusta. Y claro es que este desconocimiento más o menos voluntario suele llevar a la visión escéptica sobre una materia. La segunda es la que hace referencia al arte de saber dar con la justa medida en la graduación de las cosas, del pensamiento, de los hechos y que a veces se convierte en un mero juego de búsquedas sin pretensión de encontrar algo concreto y útil. El relativismo es indeterminación por el excesivo análisis de las “posibilidades que pueden ser posibles” valga la redundancia. El escepticismo desemboca a la larga en un peligroso estado de necedad pues puede suponer la falta de interés por toda realidad. En el relativismo y en el escepticismo siempre aparecen las dudas pero existen entre las dos una profunda diferencia; Relativizar es analizar, medir y creer con más garantías en una determinada realidad a veces difícil de encontrar, el escepticismo es descrédito y puede que hasta desprecio hacia el conocimiento de esa misma realidad que no sea la de uno mismo. O sea, una vertiente del primero pero con actitud pasiva. La pregunta surge, ¿puede ser que a la larga el relativismo desemboque en el escepticismo?

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