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Martes, 16 mayo 2017

Sedimentos

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BLOGS | Lorenzo Sentenac Merchan 0 Comentarios

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Digo sedimento, como podría decir estrato, por detenerme en el plano geológico y no pasar directamente al escatológico. Que podría.

 

Como era de suponer, los virus han vencido a los parásitos, y los ciberataques globales se han impuesto a los ataques pedestres -ni siquiera analógicos- de nuestros corruptos. La actualidad manda y en esta loca carrera de noticias no muy buenas, todo flota como breve espuma en un mar tempestuoso.



A toda prisa se buscan parches y barreras de contención para hacer frente a aquel ciberataque planetario. Con más lentitud y con más desidia se buscan antídotos contra este otro ataque letal a nuestra democracia.
Y eso que tenemos el hardware y el software institucional más que gripado por una versión antigua, llena de agujeros y aforados gusanos, expertos más que en pedir rescates en atrapar comisiones y mordidas.
Saqueos institucionales diseñados por los mismos apóstoles de la estabilidad y la normalidad institucional.



El caso ramsonware, que engloba en un sólo fenómeno a las criptomonedas de exótico nombre y a la NSA estadounidense (como padre de la criatura), ha dejado desvaído (al menos de momento) el  interés del caso Lezo, que siguiendo el protocolo ordinario, más pronto que tarde y poco a poco acabará sepultado entre las infinitas y ya incontables capas de nuestros estratos sedimentarios.



Dicen los chinos que el virus del ciberataque está mutando. Nuestros parásitos, sin embargo, son siempre los mismos. No mutan. Los que cambiamos y mutamos somos nosotros, y a peor.

 

Parece que fue hace mil años, y sin embargo fue ayer este penúltimo caso de nuestra renovada (que no regenerada) corrupción (¿recuerdan?), tan rápidamente postergado a un plano de segundo orden en esta fuga furiosa. En breve será un fuego fatuo.



Esta distorsión del tiempo es un espejismo de la velocidad. De la velocidad frenética a la que se acumulan las capas de porquería y nos hundimos irremediablemente en el fango.



Y esa es la velocidad de crucero -lenta pero veloz, letárgica pero insomne- que impone Rajoy para la regeneración y el olvido, es decir, para olvidarse de que tiene una regeneración pendiente, y también una deuda con la verdad, así como una obligación con los jueces.



La deuda con los ciudadanos -dice él todo convencido- ya la ha saldado, porque los ciudadanos le han votado. Olvida que la gran mayoría de los españoles (70%) no, y olvida que si gobierna es gracias a que los votos al PSOE acabaron en una estafa monumental a sus votantes.



En las sucesivas olas de corrupción que van consolidando poco a poco un sustrato infértil para este país, nuestro presente infame -ese flujo que no cesa- mineraliza y seca las raíces de cualquier posibilidad de futuro.
Al menos de un futuro normal.



Todo pasa, pero todo queda. Nada se crea y nada se destruye. De la nada, nada viene. Lo que se ha sembrado se recoge, y toda la mierda que ha flotado al final cae y se deposita. Cierto. Pero la diferencia la marca el momento de estar aún vivo o estar ya definitivamente muerto y enterrado.

 

La velocidad sólo confunde a los necios y toma en ocasiones la apariencia de la vida. Un espejismo.
Fiados en la velocidad de las pifias que se suceden atropelladamente unas a otras, nuestros corruptos más impresentables creen que sus fechorías no dejarán huella.



Se equivocan.



Y tenemos un ejemplo en nítido y simbólico en el registro geológico, que es pertinaz y fiel a la hora de retratar el momento de las catástrofes y las extinciones.



Si alguna virtud tiene el lodo cuando es muy espeso, es que atrapa fácilmente a los incautos. Y cuando es muy pegajoso, hasta se contagia. Y lo nuestro es ya claramente una ciénaga en la que es fácil entrar, pero de la que cada vez va a ser más difícil salir.
Es un lodo que nos atrapará a todos: víctimas y depredadores.



Hoy, retratarse junto a Rajoy es inmortalizarse en el momento de la muerte, y quedar atrapado para siempre en el estrato de una extinción. Tener un pie más del lado de los fósiles que del lado de los vivos. Pillarte la foto de la historia con el lodo hasta la rodilla. Cerrar una puerta creyendo que se abre.



A medida que ellos van cerrando puertas a la luz y la memoria, cerrando los ojos ante sus propios y vergonzosos hechos, los fantasmas que les persiguen se las abren. Y en ese baile, en esa danza macabra, lo que se cierra y lo que se muere es nuestro futuro.



Es la coreografía de una muerte anunciada. Aparentemente viva, como pueda estarlo en la agonía un estertor.



En ese hojaldre de lodos apretados, de cadáveres que se apilan uno sobre otro, indistinguibles ya entre sí, se va consolidando el registro geológico de nuestra ruina política y de nuestra ruina moral.



Pero en esa colección de bellaquerías fabricadas en serie hay sin embargo algunas que dejarán una huella mayor, un estrato más negro, una línea más oscura, por lo que tienen de foto o instantánea de todo un ecosistema que solidariamente se vino abajo.



El caso Lezo, que hoy dejamos reposar suavemente para que sirva de lecho y cama al siguiente cadáver, y que coincide con una oportunidad de regeneración que de nuevo se verá frustrada (no hay censura cuanto más regeneración), será de esos que dejan una línea más gruesa y una huella más oscura, casi una frontera.
Quien la traspase, abandone toda esperanza, porque irremediablemente quedará atrapado en el pasado.

 

Se dice a menudo, sin que sea cierto en todos los casos, que hay encrucijadas vitales en que la única salida posible es olvidar el pasado para que el presente tenga alguna posibilidad de futuro.
Se dice también, en sentido contrario, que quien olvida su pasado y desprecia su presente, se enfrenta a un futuro irreal, inane, sin sentido.



Ambas afirmaciones son ciertas en parte, pero en el caso de la corrupción política y económica, a la que me refiero, sólo es cierta la segunda. Aquí, el ejemplo del pasado y la actitud hacia el presente, es fundamental para tener futuro.



El hombre, como otros seres vivos, madura en base a la memoria del tiempo y la experiencia vivida, y prescindir de esa facultad y rechazar esa ventaja, equivale a alimentar un infantilismo perpetuo, una amnesia estéril, una suerte de enanismo y atrofia que le hará moverse en círculos pero sin avanzar ni crecer.

En la playa de Zumaia (en el país vasco), puede verse uno de esos registros sedimentarios que los geólogos admiran y gustan de leer como si se tratase de las páginas de un libro abierto.
Y efectivamente, allí las rocas sedimentarias semejan las hojas densas de un libro que guarda y conserva el secreto del pasado y la explicación del presente.



Dicen los expertos, que un estrato más negro, una línea más oscura que allí se ve, corresponde a una gran catástrofe, que quizás se escribió con parsimonia, inadvertidamente, tras el fulgor breve de un gran meteorito, pero tan tóxica y persistente que fue la frontera y la puerta de una gran extinción: la que puso fin a los dinosaurios.

 

Allí, en la pequeña cala de Algorri, puede verse y tocarse hoy la capa de iridio que depositó sobre la tierra aquel gran impacto.

 

¿Hablaremos en el futuro de la “capa Lezo” como del estrato de una gran extinción?



El PNV haría bien en leer ese libro abierto de par en par en una de sus playas, y pensar si el logro de unas ventajas transitorias y parciales, merecen el precio de una extinción en masa y colectiva.



Un país que no se respeta, que no reacciona ante la corrupción que lo inunda, tiene un problema serio: no tiene futuro.
 

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