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Lunes, 19 junio 2017

La masculinidad de Rafael Hernando

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BLOGS | Emilio Arnao 0 Comentarios

Este caballerete -que tiene de nombre el del pintor de los amorcillos y el apellido de un cristiano viejo- no es que sea un político, ni siquiera un gran orador -yo lo quitaría de portavoz del Partido Popular y le daría trabajo como camarero de la cafetería de Las Cortes-, lo que es es un machito de gualdrabas que va por ahí asomando su masculinidad como si asomara la peste negra que padece. La peste a Hernando le viene de cuando vivía en la Edad Media, de la cual todavía no ha salido, pues su contemporaneidad es sólo un holograma dibujado en las techumbres agujereadas por Tejero del Parlamento.


Este caballerete -que tiene una cabeza como esculpida por Auguste Rodin- practica el machismo cada vez que la portavocía se le muta en un inconsciente que bien podría volver a ser psicoanalizado por Sigmund Freud. Le gusta a Rafael el chotis, el gintónic y los calzoncillos Abanderado. Viene de Lavapiés y por eso ha ingresado en la raza de los chulapos. Su chulapería impregna todo acontecimiento en donde el macho alfa siente la obligación de vulgarizar a todo lo que se asome con el eterno femenino, como pasó en la última moción de censura en que se atrevió a agredir a Irene Montero y su relación con Pablo Iglesias. Es en estos casos donde evidenciamos la misoginia de Hernando, la cual le viene por lo menos de Fiedrich Nietzsche. Pero Rafael en su levítica vida nunca ha leído a Nietzsche, pues lo único que lee es Mortadelo y Filemón y esas revistillas del corazón y del coño que tanto bien le hacen para su integración como diputado y portavoz de un partido político acostumbrado a escribir el BOE con la caligrafía de Pulgarcito.


Este caballerete -lenguaraz e investido con la Gran Cruz de Santiago- refuerza su posfranquismo cada vez que se le oye hablar de la Ley de la Memoria Histórica, pues padece de alzheimer cuando escucha de que lo que aquí se trata es de hacer caso a Baltasar Garzón y desenterrar los cuerpos republicanos con el objetivo de intentar ya de forma definitiva la fraternización -larga como la lengua de Hernando- entre las dos Españas que siguen helándonos el corazón, tal y como apuntó Antonio Machado.


Este caballerete -aficionado a los casinos y a los tiempos en donde Dios ha muerto: seguimos con Nietzsche- debería dejar la política y dedicarse al dinero que da la asignatura de cualquier playboy, dado que su Eros no es que sea mito, sino únicamente un proceso mental en donde cualquier trastorno puede derivarse hacia el patriotismo joseantoniano. Hernando es a la Falange lo que el fuego a aquellos primeros primates. Rafael Hernando es ya sólo prehistoria. Y no busquemos más puesto que no hay. Es así su simpleza.

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