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Viernes, 23 junio 2017
Opinión

Algo no va bien

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OPINIÓN - ELDIAdigital.es | C.Moral 0 Comentarios

En nuestra búsqueda constante de la felicidad encontramos etapas bonitas y otras más difíciles. En ocasiones hallamos una sucesión de hechos encadenados que nos hacen preguntarnos cuál será el precio a pagar por la ausencia de zancadillas. Incluso tendemos a conformarnos con la simple estabilidad. Vivimos en zona de confort y, aunque a veces anhelamos algo más de emoción en nuestro día a día, nos resignamos valorando la salud de la que gozamos y comparándonos con quien sufre.

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En otras ocasiones, todo se vuelve del revés y nos preguntamos qué habremos hecho para merecer el sufrimiento. Padecemos cuando aparece la enfermedad, cuando hay problemas familiares, cuando la economía no ayuda, cuando el desánimo se apodera de nuestro quehacer diario, cuando deseamos un bien material que no poseemos. Todo esto nos aflige, pero tendemos a adolecernos poco por los hechos que ocurren a nuestro alrededor y que (creemos) que no alteran nuestro hábitat.

 


Nuestro mundo está lleno de belleza. También de sufrimiento. Un sufrimiento que no debemos aspirar a hacer nuestro porque, de lo contrario, seríamos incapaces de levantarnos cada mañana y sonreír. Sin embargo, a veces es bueno mirar ese dolor para preguntarse qué hay en nuestro interior que podría contribuir a cambiar lo malo por lo bueno. Por ejemplo, ¿qué ocurriría si todos fuéramos capaces de actuar como lo hizo Ignacio Echeverría en los atentados de Londres? ¿Si antepusiéramos la vida de los demás a la propia? Sé que es un ejemplo extraordinario complicado de imitar, pero estoy convencida de que todos nosotros tenemos algo que nos hace distintos a los demás y que podríamos explotar para convertir nuestro entorno en un lugar más bello, como lo hizo Ignacio. 

 


También tengo muy claro que hay algo que no va bien. Quizás demasiadas cosas a una vez. Y sé que algo no va bien cuando veo a colectivos de personas celebrando la muerte de un torero en una plaza de toros; cuando se valora más la vida de un animal que la de una persona; cuando hay poblaciones que sufren pobreza extrema frente a otras que vivimos en la abundancia; cuando, en pleno siglo XXI, permitimos que un país de la Unión Europea se vea asolado por un incendio forestal que ya se ha cobrado la vida de más de sesenta personas; cuando valoramos más las vidas humanas cuando estas nos quedan más próximas; cuando ignoramos las guerras que matan a civiles a diario en muchos países del mundo; cuando damos la espalda a las víctimas de estas guerras y les cerramos nuestras fronteras; cuando hay gente que se juega la vida cruzando el océano en una patera con la mirada puesta en un horizonte de esperanza; cuando algunos territorios tienen, como máxima aspiración, conseguir una autodeterminación basada en el odio y la intolerancia; cuando hay individuos dispuestos a morir matando por un Dios; cuando la corrupción creciente nos indigna pero no hacemos nada; cuando hay familias que se quedan en la calle sin hogar; cuando no dejan de crecer las listas de demandantes en las ONGs que reparten alimentos y ayuda; cuando la política prima el interés propio por encima del bienestar de los ciudadanos. 

 


¿Qué ocurre con nuestros valores? Vivimos en una sociedad cada vez más desprovista de valores que no cierra los ojos cuando se emiten muertes “en directo” por televisión y que no los abre cuando el que sufre es un vecino. El egoísmo, la insolidaridad y, en definitiva, la carencia de amor, campa a sus anchas y se extiende por todos los rincones de la tierra. Olvidamos el potencial con el que nacimos y que debe guiar nuestra vida siempre encaminado a embellecerla. No es algo utópico, sino real. Todos, desde un médico hasta un panadero, deberíamos esforzarnos por encontrar nuestro “late motiv”. Aquel que es capaz de ayudar a mejorar la vida de los demás y, como consecuencia, la nuestra. 

 

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