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Domingo, 30 julio 2017

Formar sacerdotes para educar en la fe

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Es un servicio que los Seminarios realizan en la Iglesia desde que se crearon en el  siglo XVI. Que el Papa Francisco ha recordado en la tumba de Lorenzo Miliani, a los peregrinos de Cremona y Barbiana,  en Italia (20-6- 2017) El colegio para él no era una realidad distinta de la misión sacerdotal, dando  a los alumnos  un fundamento sólido capaz de elevar hasta el cielo. Entendió que su destino era como darle nuevos hijos para crecer  y  amar, porque sin la palabra de Dios, no hay dignidad, con ella podría abrir el camino a la plena ciudadanía, mediante el trabajo y la pertenencia a  la  Iglesia con una fe consciente y saber discernir entre tantos mensajes confusos y dar expectativas de justicia. De esta humanización en la persona, basada en la casa, el trabajo, la familia y la palabra de Dios, surgen la libertad  y la  fraternidad. 1- Los jóvenes necesitan alguien que los acompañe  y abra  el camino Los educadores y cuantos se ponen al servicio del crecimiento de las nuevas  generaciones, en cuantos encuentran malestar, prestan un servicio de alegría  y esperanza. Los  sacerdotes que  son también educadores  en la fe, realizan una misión de enseñar que no es posible sin amor y sin conciencia de donación y entrega que responde al derecho de aprender. Para enseñar son necesarias muchas cosas, lo esencial es el crecimiento de una conciencia libre, afrontar la realidad con amor, lejos de  todo egoísmo y sirviendo al bien común. Hay muchos problemas  que son comunes. Salir solos es la avaricia. Salir todos juntos es la política. Buscar lo verdadero, lo bueno y lo bello, requiere pagar un precio: es llamada como adultos, a la responsabilidad y a la libertad de conciencia. Esta  es una exigencia del sacerdocio.

 


2) La raíz de lo que es y debe hacer el sacerdote, está en una fe totalizadora  que induce a entregarse al Señor en el ministerio. Llenarse  del Evangelio lleva a olvidase de lo mundano y aprender a vivir de lo Absoluto, sentir una sed encontrar remedio en la  comunicación de lo esencial, como servicio a los fieles. Con la gracia  de Dios los sacerdotes  pueden ser hombres de fe y de caridad para todos; inquietos por  la verdad, aman a la Iglesia  y cuidan el hacerla cercana, con rostro misericordioso y amable, para que los hombres encuentren en Dios  la verdadera dignidad  humana. Es importante hoy en clima de irrelevancia, vacío e indiferencia religiosa,  que los sacerdote descubra  en su formación - frente al triunfo y el éxito en la vida - que deben ser transparentes, con equilibrio entre la dureza y la caridad, como el diamante, que trasmita la luz de Dios sobre el camino de la Iglesia, y el valor del ejemplo de verdad y amor  misericordioso.

 


3- Hay una lección histórica y real que no debe  olvidarse. La Iglesia ha tenido mártires en todos los siglos y guarda conciencia viva  de cuanto sufrieron la desgracia de la persecución, paradójicamente convertida en gracia y en gloria. En el s.XX en gran parte de España hubo varios miles de mártires, muchos beatificados o en proceso de serlo. El odio es lo opuesto al amor. Ya advirtió Jesús. “No tengáis  miedo. El mundo os odiará; pero sabed que antes que a vosotros me ha odiado a mí”(Jn 15,12) Jesús nos ha elegido a todos y nos ha rescatado con su amor en la muerte y  resurrección., frente al odio las persecuciones. Frente al hedonismo, la frivolidad  y el vacío de valores, los mártires deben  considerase como héroes y testigos en la Iglesia y en el mundo. Al fin la Iglesia sale adelante por los santos  de todos los días, santos ordinarios, coherentes. Y como en todos las profesiones y quehaceres, son necesarios los que  sobresalen en el amor y entrega de la vida. Los santos son contra corriente, al otro lado del mundo. Los sacerdotes deben ser ejemplares en su dedicación pastoral,  aunque  no comprendidos  muchas veces; para derrotar al mal, no se pueden emplear sus métodos. No devolváis mal por mal, haced el bien a los que os odian y perdiguen. Esto es heroico, pero está en coherencia con quienes son consagrados para obrar en “persona de Cristo”

 

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