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Sábado, 26 agosto 2017

CATALUÑA, EL OTRO 11-M (Rafael Montilla)

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OPINIÓN | ELDIAdigital.es 0 Comentarios

 

Las imágenes de los atentados de Barcelona y Cambrils han golpeado los corazones de miles de personas al tiempo que han reactivado las experiencias de angustia y terror vividas durante los atentados en los cuatro trenes de cercanías de Madrid en 2004. En ambos casos se han dado comportamientos y errores políticos similares que minan la confianza de la población en sus instituciones.

 

Pasados los primeros momentos de lógica confusión y desconcierto en las Ramblas de Barcelona, se dio paso a la típica lluvia de declaraciones institucionales en medio de un sinfín de consignas de ficticia unidad de las fuerzas policiales y políticas dirigidas a la galería social. Casi al mismo tiempo, “de tapadillo” comenzaba otra lucha más sutil, con lanzamiento de todo tipo de puñales semánticos, contra todo aquella cuestión o declaración que no sonara a catalán. Los desvaríos políticos dieron paso al desconcierto. Esta línea argumental ya es conocida por “los viejos del lugar” y de los medios de comunicación. Desde la época de los atentados de ETA, en cada caso se saca el manual de intoxicación del “cajón post-atentado” y como se repitió durante las actuaciones en los atentados del 11-M, las verdades se confunden con las mentiras y los engaños crean una realidad acorde con los intereses políticos del momento, quedando el verdadero atentado terrorista y el sufrimiento producido, apartado en la cuneta de la dramática anécdota en 150 caracteres.

 

La imaginería del gobierno catalán se puso en marcha rápidamente con el fin de evitar “la invasión del español” en su idílico país de las maravillas. Después vinieron los desconciertos que también alcanzaron a los cuerpos de seguridad catalanes ante la falta de información real entre la Policía Urbana y los Mossos D’Esquadra, que poco faltó para que terminara en tragedia interna, al confundirse los francotiradores de los Mossos con terroristas. La desfachatez gubernativa finalizó con la comunicación oficial de que todo estaba controlado, a pesar de que el autor de los atropellos de las Ramblas seguía huido y en paradero desconocido. “No hay peligro de nuevos atentados”, nos vendieron como dulces caramelos envenenados... Pero la verdad es tozuda y se empeña en salir a flote por mucha suciedad que se le eche encima para enterrarla. Y llegó el ataque en Cambrils para destronar al poder político de sus comportamientos endiosados, aumentando de paso la desconfianza y el miedo social, entre tantos cruces de noticias contradictorias.

 

Años antes, los atentados de Madrid ocurridos el día 11 de marzo de 2004, fueron aprovechados por los partidos de izquierdas e independentistas para impedir que el PP continuara en el gobierno de la nación y de paso se puso en marcha un cambio de modelo constitucional y de Estado hacia una quimera futurista sin pasar libremente por las urnas, y en ello estamos. Con este mismo guion manipulador, el gobierno catalán y sus acólitos de la CUP, están aprovechándose de los atentados de Barcelona y de Cambrils, de los días 17 y 18 de este mes de agosto, para recuperar el apoyo social que llevaba meses en caída libre. “Recuperar la calle y de paso ganar más adeptos”, esta parece ser el motor de las actuaciones oficiales de la Generalitat, hasta conseguir que el camino hacia el tan recurrente referéndum de independencia, previsto para el próximo día uno de octubre de este año, se convierta por fin en una autopista sin obstáculos, adornada por cientos de senyeras estelaras.

 


La lucha por el control mediático de los atentados, aún en contra de la efectividad policial, comenzó con la negación de todo tipo de ayuda y colaboración con el Estado central, a pesar de que es la Audiencia Nacional quien tiene las competencias finales sobre las cuestiones de terrorismo. Pero los españoles no debemos ensombrecer el futuro catalán. Con este panorama, hemos asistido atónitos como desde el propio ejecutivo catalán se insistía en las maravillosas actuaciones de “nuestros Mossos D’Esquadra”, que como los Siete Magníficos de John Sturges en 1960, avanzaban por la ciudad anulando todos los peligros. Poco después comenzarían las insinuaciones desde la CUP de que “la culpa la tiene Rajoy, el Rey, Los Emiratos Árabes”, y añado que hasta los extraterrestres hubieran sido culpables si con ello se desviara la atención sobre las carencias, responsabilidades y negligencias que se han hecho evidentes con estos atentados. Tampoco han perdido el tiempo para apropiarse del lema de repulsa, NO TINC POR, modificando el “No tengo Miedo” en referencia al terrorismo yihadista, por el “No tengo miedo a la independencia de los Països Catalans”, en menos de 48 horas. Todo un logro de la mejor propaganda goebbeliana, al tiempo que se juega con los sentimientos de la población de Barcelona y de Cambrils, sin darles tiempo a que sequen sus lágrimas de dolor ni a que puedan recuperarse del caos emocional que todos los atentados terroristas llevan implícitos.

 

Desde el mismo día 17 de agosto, la Generalitat  se ha enfrascado en demostrar que Cataluña ha alcanzado su mayoría de edad, que puede separarse de “papá Estado Español”, pero sobre todo, que es un maravilloso país al mejor estilo de los cuentos de Charles Perrault o de los mundos élficos de Sir Arthur Conan Doyle, cuando en realidad se trata de una historia satírica de la sociedad española actual y para conseguirlo se lleva a cabo una nueva versión revisada de “la Vida de Lazarillo de Tormes y de sus Fortunas y Adversidades” (1554), cuyos modernos autores pretenden permanecer en el anonimato mientras dirigen este hipócrita proyecto de confrontación entre los obligados a permanecer sordos, mudos y ciegos y aquellos otros “pillines lazarillos catalanes” que, impunemente, se aprovechan de las debilidades políticas nacionales, sin importarles las penas ajenas causadas por atentados terroristas una vez que han logrado convertir a las 15 víctimas mortales y casi el centenar de heridos, en improvisados mártires de la causa independentista de los imaginarios Països Catalans.
¿Y la vergüenza dónde queda?

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