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Viernes, 10 noviembre 2017
Entrevista a Casto Ortega: Sacerdote de San Esteban

“50 años de sacerdocio y seguimos hasta que Dios quiera sirviendo a la Iglesia, a pesar de mis limitaciones y pobrezas”

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Cuenca | Rafael Torres 0 Comentarios

Hace unos días me encontré en plena plaza de San Esteban, a Don Casto, cigarro en mano observaba el devenir de las gentes en una mañana laborable y con frío. Al darnos los buenos días y saludarnos me dio una estampa de la Virgen del Villar de (Villarubio), de sus 50 años como sacerdote. Yo le dije que si aceptaría una entrevista para que los conquenses conociéramos mejor a este acogedor sacerdote, y entrañable persona.

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Casto Ortega Ortega. Nació el 5 de enero de 1943 en La Frontera. Su  infancia la pasó en Villarrubio, de donde era oriunda su familia, hasta que en 1954 ingresó en el Seminario Menor de Uclés. Continuó los estudios de Filosofía y Teología en el Seminario Mayor de Cuenca. En el año 1964 se  trasladó a Argentina donde continuó con los estudios de Teología, obteniendo también la Licenciatura en Filosofía y Ciencias de la Educación.  En el año 1967 fue ordenado Sacerdote por D. Inocencio Rodríguez Díez. Regresando a Argentina para ejercer el Sacerdocio hasta el año 1977.  

 

¿Por qué se  hizo Sacerdote?
La llamada del Señor no se da de un día para otro ni se manifiesta en un hecho extraordinario o milagroso. Se descubre en el día a día y mediante unas condiciones propicias para ello.


En mi caso concreto, se fue configurando gracias al ambiente profundamente religioso de mi familia, siendo mis padres el principal ejemplo de la vida de fe y muy orgullosos de tener un hijo sacerdote; concretamente dos: pues también lo es mi hermano Mariano.


Tengo que añadir la influencia de los buenos ejemplos de los sacerdotes que conocí durante mi infancia y juventud.


Y por último, mi inquietud muy temprana por entregar mi vida a Dios en el servicio a los más pobres, no sólo materiales, sino también de espíritu. De ahí mi decisión de ir a Misiones, que se concretó en el año 1964, y que ya venía barruntando desde mi infancia. 

 

“Era gratificante ver cómo chicos y grandes, muchas veces descalzos y a pie, llegaban al encuentro del “Padrecito” recorriendo varios kilómetros. Se reunían todos los domingos y si el Padrecito no podía ir, ellos mismos hacían su oración y daban la Catequesis en la Capilla”. 

 

¿Dónde ha ejercido su sacerdocio y qué destacaría de estos lugares?
Hay dos etapas distintas y bien definidas en el ejercicio de mi sacerdocio.

1.- Argentina:
La primera etapa en Argentina durante 14 años. Fueron los primeros años, en plena juventud, y me marcaron en la trayectoria posterior. Fundamentalmente presté servicio en dos zonas diferentes ya desde los años de Seminario: 


La primera experiencia fue en zonas rurales, en una diócesis recién fundada, Reconquista, en la provincia de Santa Fe, en el interior de Argentina, conocida como el Chaco Santafesino. 


La gente era muy religiosa, siguiendo la tradición de sus antepasados, emigrantes italianos y suizo-alemanes. Junto con ellos, también había una población muy pobre, mestizos en su mayoría, con graves carencias económicas, sanitarias, educativas, etc. 


La labor se circunscribía a conservar y profundizar en las raíces cristianas y a un compromiso directo en la promoción humana y social. Atendía 8 “Colonias”, pueblos diseminados en un radio de 20 kilómetros, comunicados por caminos de tierra,  siendo uno de los problemas las lluvias muy frecuentes, que te aislaban.  


Era gratificante ver cómo chicos y grandes, muchas veces descalzos y a pie, llegaban al encuentro del “Padrecito” recorriendo varios kilómetros. Se reunían todos los domingos y si el Padrecito no podía ir, ellos mismos hacían su oración y daban la Catequesis en la Capilla. 


Un Domingo, mientras iba a celebrar la tercera Misa en la zona de la parroquia de Romang, sufrí un accidente de coche, en el que me rompí el húmero del brazo izquierdo en 7 pedazos.


Como allí no había medios sanitarios adecuados, me trasladaron a Buenos Aires, distante unos 900 kilómetros, para ver si se podía salvar el brazo; como así fue, aunque me han quedado en él algunas secuelas. 


“Algunas de estas señoras eran analfabetas y junto con la formación religiosa también les daba clases de alfabetización. Jóvenes que se me acercaban ansiosos de recibir la Palabra de Dios y orientación en su vida, y que, generalmente los sábados a la noche invadían mi casa para cenar y charlar. Bautismos en masa de niños, y hasta de jóvenes y adultos”. 

 

La segunda experiencia la viví en una zona muy pobre de Buenos Aires, a unos 80 kilómetros de la Capital Federal, en la zona de Moreno, Diócesis de Morón. Hasta allí llegué tras pasar 9 meses internado en un hospital de Buenos Aires. 


Se trataba de una zona de Villas Miseria, cuya población, calculada en unas decenas de miles de personas, vivía en “ranchos”, chabolas muy precarias, generalmente de barro y paja y sin las mínimas condiciones higiénicas y de servicios habitacionales. 


La población estaba diseminada en 9 ó 10 barrios en un radio de 15 kilómetros, sin ningún medio de transporte y sin ningún Centro de Culto, excepto una Capilla que me prestaron unas Monjas. Las calles y caminos eran de barro y  me desplazaba generalmente a pie, con la compañía de un pequeño bolso de viaje con las pertenencias mínimas para las celebraciones religiosas. 


Prácticamente nunca había habido por allí un sacerdote, al menos estable. Por lo tanto, había que “inventar la presencia de la Iglesia” aprovechando la religiosidad popular que habían heredado de sus antepasados, resto de la evangelización de antiguos misioneros  en sus lugares de origen. 


Los habitantes eran emigrantes paraguayos, bolivianos y de las provincias del Nordeste Argentino, que habían llegado en busca de una vida mejor, cosa que no encontraron en su nuevo destino. 


La acción pastoral en un principio la centré fundamentalmente en acercarme a ellos para vivir y compartir sus mismos problemas y carencias. Poco a poco el rancho del Padrecito se convirtió en la casa de todos.


 A partir de ahí la acción pastoral fue plurivalente: Misas celebradas al aire libre en descampados, casas de familia o en alguna escuela; Catequesis impartidas por señoras, a las que llamé “Mamás Catequistas”, que nucleaban a sus hijos (eran familias muy numerosas) y a los de sus vecinas, trasmitiéndoles los rudimentos de la fe. 


“Fiestas de las distintas comunidades religiosas y de sus lugares de origen. Campeonatos de fútbol con niños y jóvenes, más de 400, cuyo premio eran unas naranjas para engañar sus estómagos, con los que se pretendía educar en valores”.

 


Algunas de estas señoras eran analfabetas y junto con la formación religiosa también les daba clases de alfabetización. Jóvenes que se me acercaban ansiosos de recibir la Palabra de Dios y orientación en su vida, y que, generalmente los sábados a la noche invadían mi casa para cenar y charlar. Bautismos en masa de niños, y hasta de jóvenes y adultos. 


Regularizaciones de Matrimonios, que hasta entonces habían vivido “amigados”, como ellos solían decir. Fiestas, con sus correspondientes comidas, kermeses, juegos y regalos para niños y mayores en Navidad, Año Nuevo, Reyes, Pascua, etc. Visitas domiciliarias de 8 Capillas de la Virgen de Luján, en otros tantos barrios, recibida por las familias con el cariño y devoción que le tienen. 


Fiestas de las distintas comunidades religiosas y de sus lugares de origen. Campeonatos de fútbol con niños y jóvenes, más de 400, cuyo premio eran unas naranjas para engañar sus estómagos, con los que se pretendía educar en valores; servicios de promoción humana y social, tratando de paliar y compartir la pobreza de tantas personas que se acercaban al Padrecito hambrientas del pan material, pero también hambrientas del pan de la Palabra de Dios. Habría muchas cosas más, que sólo en el día a día se pueden vivir y que no son fáciles de enumerar. Y que sólo Dios sabe.

 

 “y aquí seguimos hasta que Dios quiera en todo este periplo tratando de servir a la Iglesia de la mejor forma posible, a pesar de mis limitaciones y pobrezas, pero siempre con ilusión y confiando en que Dios me siga ayudando para seguir siéndole fiel”. 


2.- España:
En el año 1977 regresé a España; fue una decisión difícil, pero que creí era conveniente por motivos de salud y familiares. Aquí me integré en la Diócesis de Cuenca, a la que pertenecía y siguiendo el mandato de los distintos Obispos, D. José, D. Ramón y D. José María, he ejercido o sigo ejerciendo distintas misiones, cada una de ellas con sus particularidades, que sería exhaustivo detallar: Párroco de Villarrubio y Buenache de la Sierra y Vicario Parroquial de San Esteban; Profesor y Rector del Seminario Menor de Uclés y del Seminario Mayor de Cuenca; Director del Boletín Oficial del Obispado, así como de la revista “Malena”, y fundador de la revista “Iglesia Diocesana”; Secretario Particular de los Señores Obispos, D. Ramón del Hoyo y D. José María Yanguas; Coordinador y Secretario de las Vicarias Pastorales. 


Miembro de los Consejos Pastoral, Presbiteral y de Órdenes; Capellán y Confesor de las Esclavas del Santísimo Sacramento; Confesor del Seminario Mayor; Canónigo de la S.I.C. Basílica; Consiliario Diocesano del Apostolado Mundial de Fátima, etc. 


 y aquí seguimos hasta que Dios quiera en todo este periplo tratando de servir a la Iglesia de la mejor forma posible, a pesar de mis limitaciones y pobrezas, pero siempre con ilusión y confiando en que Dios me siga ayudando para seguir siéndole fiel. 

 


¿Qué destacaría de estos 50 años?
Han sido un regalo de Dios, que se ha servido de mi pobre barro para ir moldeándolo como en manos del alfarero.  Estoy plenamente convencido de que “Ni el que planta ni el que riega hace nada, si Dios no da el incremento”. Los caminos de Dios son insondables y lo que importa es que al final de cada día, aunque hayamos hecho muchas cosas y nos hayamos esforzado mucho, tengamos la humildad y lucidez de decirle al Señor: “Siervos inútiles somos”.


El Señor me ha dado inmensas alegrías, porque aún en los momentos de soledad y de dolor, como los 9 meses de hospital, me dio fuerzas para sobreponerme apoyado en Él, consciente de que en mí se cumplía la palabra de San Pablo: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”. 


Algo que destacaría es que el sacerdote, además de estar arropado por la familia carnal (en mi caso una familia maravillosa), tiene otra familia a la que está unido por los lazos de la fe y del amor a Dios. 


Esto se constata siempre; pero en mi caso, soy y he sido un privilegiado. Aquí en España con los diversos lugares y personas que Dios ha puesto en mi camino sacerdotal. 


“la mercancía que vendemos” no siempre es bien aceptada; pero tenemos que sentir la urgencia de predicar a Cristo; “Ay de mí si no evangelizare”, decía San Pablo. Y eso mismo debe decir el sacerdote, para llevar a Dios a todos los ambientes. Lo nuestro es sembrar sin desfallecer, el encargado de cosechar es Dios”. 

 

Pero me permito destacar a mi “familia argentina” a la que he podido visitar hace unos meses y en la que, a pesar de los años transcurridos, he encontrado la frescura de la amistad y del cariño que todavía nos une.

Sin embargo, sobre todo me ha llenado de inmensa alegría el ver la permanencia de la fe y el amor a Dios que compartimos en  su momento. Nunca agradeceré del todo este regalo que Dios me ha hecho en el año de las Bodas de Oro Sacerdotales.  


Todo esto me anima a seguir siendo sacerdote, como el primer día; ahora ya, septuagenario, con las limitaciones propias de la edad, pero siempre con la misma ilusión, porque el cuerpo envejece, pero el corazón no.


El sacerdocio es permanente, en cuanto que es seguir como discípulo del Señor. Quizá han cambiado las formas y los compromisos concretos, pero la fidelidad es o debe ser la misma. “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”, nos dice el Señor. Hay que ir adaptándose a los tiempos, pero esto no significa “secularizarse”; siempre nuestra misión “será signo de contradicción”, porque “la mercancía que vendemos” no siempre es bien aceptada; pero tenemos que sentir la urgencia de predicar a Cristo; “Ay de mí si no evangelizare”, decía San Pablo. Y eso mismo debe decir el sacerdote, para llevar a Dios a todos los ambientes. Lo nuestro es sembrar sin desfallecer, el encargado de cosechar es Dios. 


¿La sociedad actual se ha alejado de Dios y de la Iglesia?
“Una sociedad materialista y hedonista, donde todo vale, en la que se relativiza la moral y se resiste a asumir compromisos estables; donde se cuestiona y se desprecia la vida; en la que el egoísmo y el ansia de poseer a cualquier precio son moneda diaria”.


Ciertamente que a simple vista se puede decir que sí. Basta mirar a nuestro alrededor: el alejamiento y disminución de la práctica religiosa, la disminución de vocaciones, el cuestionamiento de los valores religiosos, las vivencias morales alejadas de la Ley de Dios, la negación de Dios, no con un ateísmo frontal y militante, como en otros tiempos, sino con la indiferencia.


Hay mucha gente a la que Dios ya no le interesa, ya no le es un problema. Y esto es lo grave: porque esta actitud está ligada a la crisis de valores que sufre nuestra sociedad, que “pasa de la mercancía que le ofrecemos”.


Una sociedad materialista y hedonista, donde todo vale, en la que se relativiza la moral y se resiste a asumir compromisos estables; donde se cuestiona y se desprecia la vida; en la que el egoísmo y el ansia de poseer a cualquier precio son moneda diaria; donde la violencia y la destrucción de la tierra, casa común, están a la orden del día. 


 En la que el respeto a la persona no se apoya en su dignidad, sino en el lugar social que ocupa o en los bienes que posee; en la que convivimos indiferentes, sin rasgarnos las vestiduras, con los desheredados y pobres de la tierra; donde la política, en lugar de ser “el arte de servir desinteresadamente al bien común”, se ha convertido en una “profesión donde priman los intereses particulares o partidistas”. 


“Dios no ha muerto”, como pretendía Nietzsche; más bien habría que pensar con Heidegger que se ha exiliado o lo hemos expulsado como “persona no grata de nuestro mundo”.  Y así nos va.


La implantación de una educación familiar y académica sin valores ni ideales transcendentes; la conculcación de los principios fundamentales de la Ley Natural, suplantados por ideologías ajenas a la auténtica naturaleza del hombre…etc. Es muy difícil que tal sociedad vuelva su mirada hacia Dios y hacia quienes son sus “predicadores”. 

La fe en Dios como Ser Supremo y la esperanza en “el más allá”, el amor, la solidaridad, la fraternidad, la justicia, la igualdad, la austeridad, el uso armónico de los bienes de la tierra, la no-violencia, la defensa de la vida sin condiciones, la misericordia, el perdón, el sacrificio, la actitud de servicio, la humildad, etc. son valores evangélicos, diametralmente opuestos al talante de nuestras sociedades occidentales. 

Y lo más grave es que estas sociedades hunden sus raíces en la fe cristiana. De ahí la necesidad de que los seguidores de Cristo abandonemos nuestra apatía, conformismo y “respeto humano”, y vayamos hacia “las periferias existenciales”, como continuamente nos está urgiendo el Papa Francisco, en busca de la oveja perdida.     
“Dios no ha muerto”, como pretendía Nietzsche; más bien habría que pensar con Heidegger que se ha exiliado o lo hemos expulsado como “persona no grata de nuestro mundo”.  Y así nos va.

 


¿Por qué no hay vocaciones al sacerdocio o la vida consagrada?
El telón de fondo está relacionado, en gran medida, con la radiografía de la sociedad actual hecha en la pregunta anterior. A lo cual habría que añadir otros factores: la desintegración familiar, la inseguridad de los jóvenes, su aversión a un compromiso duradero, el ambiente de molicie y hedonismo en que se desenvuelven, la moral permisiva, la imagen de una religión anclada en el pasado. Quizá también habría que entonar un “mea culpa”, porque muchas veces no hemos presentado el atractivo seguimiento de Cristo. 


No obstante, aunque sea lento y muy “focalizado”, se constata en grupos de jóvenes el interés por vivir un serio compromiso desde la fe y el plantearse entre sus opciones “por qué no consagrarse a Cristo”. No se trata de una aceptación masiva, pero sí de los atisbos de la semilla o de la levadura, que fermenta dentro de la masa.  

En este aspecto, como en otros enjuiciados anteriormente “no podemos ser profetas de desgracias, sino heraldos de esperanza”. En última instancia nunca debemos perder la confianza en Dios, que sabe dónde estamos y nunca abandona a su rebaño. 

 


¿Qué significó en su vida D. José Antonio Gómez Serrano?


“Como sacerdote fue un hombre entregado sin reservas a su misión, con grandes ideas y proyectos pastorales, que a la vez estaba dotado de una gran sencillez y humanidad”.


Para mí José Antonio fue, más que un amigo, un hermano, compartiendo juntos nuestras alegrías y nuestras penas. Con sólo mirarnos a la cara ya barruntábamos lo que había en nuestros corazones. 


De hecho nos apoyábamos espiritualmente y hasta nos confesábamos mutuamente. Como sacerdote fue un hombre entregado sin reservas a su misión, con grandes ideas y proyectos pastorales, que a la vez estaba dotado de una gran sencillez y humanidad. A su vez tenía un gran predicamento entre una parte considerable del clero conquense. Estoy seguro que desde el cielo me estará echando una mano y se estará asociando a la celebración, que estoy viviendo este año.

 

 

Podíamos haber seguido conversando con D. Casto Ortega, sin exagerar todo el día y continuaría embelesado en sus acontecimientos y hechos labrados en 50 años de entrega a los demás. No es un sacerdote de pompas y grandes suntuosidades,  por el contrario, nunca ha eludido su misión y le  ha gustado estar en primera línea de disputa, haciéndole frente a las injusticias que tienen que soportar muchos humanos, abanderando y defendiendo su causa y sirviéndose sólo, que es mucho,  del Evangelio de Jesús interpretado por sus “mimos” que de él hace nuestro protagonista. Teniendo siempre presente en su día a día que “el mundo y las personas que habitan en el  se merecen contar con una esperanza en algo mejor”

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