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Jueves, 21 diciembre 2017

NO ME CUADRA (Por Lorenzo Setenac)

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OPINIÓN | El Dia 0 Comentarios

Si la ceguera es el requisito básico del patriotismo perfecto, la incoherencia es el adorno máximo del espíritu nacional. Malo aquel que dice: “No me cuadra” o “No lo entiendo”, porque por menos de eso le tildan a uno de hereje y de antipatriota.

 

¡Tiempos postmodernos!



En política y ramas afines de sillón agradecido, casar incoherencias es tan fácil como casar sentencias al calor del feudo propio o en cenas de amigotes con puro y coñac.
Pobre de aquel que alumbrado de una chispa de duda dice: “No lo veo” o “Disculpen, pero soy abstemio”.

 

Tamaño atrevimiento equivale a desafiar las reglas no escritas del cortijo, meterse en un berenjenal, en un jardín con laberinto, en un charco sin salvavidas, en resumen, afrontar una soledad sin fronteras que nos recuerda tiempos no tan modernos pero si más heroicos.



La coherencia en este país y en este momento histórico, que dicen líquido y posverdadero, por no llamarlo diarreico, brilla por su ausencia tanto como la honestidad  recién estrenada, y tanto o más que la desahuciada autoridad moral. No digamos el valor temerario de quien alza el dedo para plantear una duda o hacer una pregunta.



Según lo percibimos espontáneamente al simple contacto con el ambiente o tras consultar encuestas recién salidas del horno, las personas y sus cuitas ocupan un segundo plano en el interés colectivo, mono imitativo del interés de unos pocos, y lo que más importa con diferencia al día de hoy -además del futbol y sus astros- son los territorios metafísicos y simbólicos de la patria, sin importar que a las personas que habitan esos territorios (si es que tiene habitantes y no solo fugados) les pueda ir bien o mal, vivan bajo un régimen democrático o bajo uno que se le parece solo visto de lejos.

 

Nos distraen por ambos flancos, de manera que en el medio lo que queda no es una persona sino un títere con título nobiliario de súbdito y contribuyente, de esos que no merecen amnistía ni tregua. Y los títeres ya se sabe, ni sufren ni padecen, solo se mueven al compás de la música, o todo lo más agitan banderas con el mismo rígor mortis que el cuco da las horas.

 

Y las horas y las doce campanadas nos darán, sin duda, en las huchas de las últimas pensiones, sin que tal hecho extraordinario, novedoso y posmoderno, nos encoja el ombligo. Nada extraño si consideramos que a una falta de autoridad moral rampante le corresponde una flojera civil en progreso equivalente. Lo encajamos todo, sea cloaca o disparate, y no faltarán tratados sesudos que lo expliquen ni reputados académicos que lo avalen.

 

A la misma velocidad y en la misma proporción con que se desinfla la bolsa de nuestras pensiones (y conocemos algunos de los motivos inconfesables de este hecho), se inflama nuestro patriotismo histérico. No lo entiendo. Para mi hay más patria en las pensiones que en el himno nacional, así de simple, así de prosaico.

 

No me cuadra que el 3% que roba al pueblo para engordar a la mafia, se haga independentista y republicano de la noche a la mañana. Y hablo solo de los que se remangaron la bandera catalana hasta el codo para meter la mano en el bote, no hablo de los demás.

 

Tal para cual. El patriotismo español de unos (los de Suiza, Bahamas y Singapur) y el nacionalismo catalán de otros (los de Bélgica, Andorra y el 3%), es un sarampión que los limpia y rejuvenece cuando el bote, a fuerza de sobres y mordidas, se ha agotado pero aún queda calderilla para comprarse una bandera.

 

O como afirma orgulloso el partido en el gobierno, el más corrupto de Europa: los votos –dicen- han lavado (¿y bendecido también?) su corrupción. Este es nuestro nivel.

 

Sin duda, muchos de los que agitan la bandera con furor patriótico creen que la patria es suya (aún no han adivinado que es de los banqueros alemanes y otros gerifaltes con pasta), y si fuere necesario o cuestión de honor la saquearán y la matarán porque es suya, lo cual dice mucho de su amor apasionado. Ya se sabe: hay amores que matan.

 

Al parecer y siguiendo las normas del cortijo, entumecido en cuanto a las cosas de la ética pero hipersensible en cuanto a las cosas del honor, la fiscalía ha pedido estos días la condena por “ultraje a España” (entre delitos de ultraje y delitos por rebelión nos van a crecer los tercios de Flandes) para un ciudadano catalán que promovió en un partido de futbol (siempre el futbol) la pitada al himno nacional y de manera subsidiaria al rey.

 

Lo cual me recuerda aquellos tiempos, al parecer no tan lejanos, en que a Fernando Arrabal le buscaron las vueltas penales (la fiscalía pedía 12 años de cárcel para el) por escribir en la dedicatoria de un libro: “Para Antonio: Me cago en dios, la patra y todo lo demás”.

 

La cosa ocurrió así: Arrabal vino a España (reinaba Franco) invitado para firmar uno de sus libros: La ceremonia de la confusión. Un joven lector le pidió que en la dedicatoria le pusiera una barbaridad, y Arrabal, que previamente se había bebido una copita de Marie Brizard, escribió: “Me cago en dios, en la patra, y en todo lo demás”. La dedicatoria fue leída por el padre del joven lector, casualmente capitán de marina, que denunció los hechos ante el TOC, el Tribunal de orden público. A partir de ahí todo el escándalo y todo el embrollo que se pueda imaginar, una auténtica ceremonia de la confusión.

 

Menos mal que literatos e intelectuales, no tan posmodernos como los de ahora, tal que un Vicente Aleixandre, Laín Entralgo, Ionesco, Aranguren, Becket, o Camilo José Cela, salieron en su defensa, avalando la floja excusa de Arrabal según la cual “Patra” era en realidad el nombre de su gata.

 

Cela argumentó además que Arrabal era un surrealista puro y que estaba dormido desde que nació. Y continuaba argumentando en defensa de nuestro dramaturgo: “El surrealismo implica, por principio, un choque con el mundo en torno y con las reglas, de un cariz o del contrario, por el que se rige ese mundo en torno, porque la actividad surrealista queda al margen de toda responsabilidad moral, con un nuevo carácter de experimento involuntario”. Los surrealistas, añadía Cela “al querer expresar su automatismo, las zonas más oscuras del subconsciente (aquellas por las que no podemos responder porque quedan al margen de la voluntad) proceden como ángeles –gloriosos o caídos, que no importa al caso- moviéndose en un mundo onírico”.

 

Los doce años de cárcel que el fiscal pedía para Arrabal se quedaron en tres meses. Ya digo, reinaba Franco.

 

Veamos, a mí el término rebelión me recuerda a los militares africanistas y por asociación un mundo periclitado, solo válido para el rasgo pintoresco que buscan en nosotros los turistas. Y el término ultraje me recuerda a Calderón. No digo que no tengamos que recordar a los clásicos, literariamente hablando, pero reciclarlos políticamente me parece un desacierto. Más que nada porque entre revival y revival podemos resucitar una cruzada.

 

A mí no me cuadra –no se a ustedes- que la pitada a un himno, que es vano viento (de uno y otro lado, el lado del himno y el lado de la pitada), y un gesto además de infantil innecesario, se magnifique con el término sonoro y calderoniano de ultraje (a la nación), y sin embargo el bajarse los pantalones ante los banqueros alemanes para toquetear a sus anchas y en propio interés (alemán) nuestra Constitución (léase artículo 135), con nocturnidad y sin pedir permiso a los españoles, no pase de mera anécdota.

 

 

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