Miércoles, 24 agosto 2011
COLUMNA CINCO
Cruel verano
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| Francisco Mora
Lo cierto es que hoy no tenía ganas de playa. Pero
a ver quién era el guapo que les decía que no a los de la panda. Habían estado
de jarana toda la noche, hasta bien entrada la mañana, y al despertarse, casi a
las seis de la tarde, su cabeza era un coro de grillos. Resignado, se puso el
bañador, una camiseta resudada y salió mascando aspirinas y un sándwich que le
revolvió más el estómago. No temía la tarde, sino la noche que le esperaba.
Desde que llegaron, cinco días atrás, jamás les sorprendió el amanecer en la
cama, y la perspectiva de diez noches más así le daba náuseas. Él no estaba
acostumbrado a esa marcha, pero no podía reconocer su flojera ante los demás,
que aguantaban de lo lindo. Eso nunca. Él era uno más, aunque por dentro se
muriera a chorros. Cuando llegó a la arena ya estaban todos allí. “No traes
buena cara”, dijeron. “Me duele un poco la cabeza”, dijo él. Entonces, alguien
sugirió que para la resaca, nada como un baño de arena. En una hora estaba
enterrado de la barbilla a los pies, solo la cabeza al aire. Debía admitir que
era muy agradable la sensación de la arena, húmeda y fresca, sobre su piel. Lo
peor era la inmovilidad absoluta. A pesar de todo se quedó dormido. Lo
despertó, ya de noche, una ola que vino a morir en su mentón. Silencio alrededor.
Nadie. Se puso a gritar. Nada. ¿Cómo era posible? Gritó aún más, mucho tiempo.
Cuando una ola rompió en su nariz y tragó agua salada y unos granos de arena,
supo que estaba subiendo la marea. Cerró los ojos. Qué alivio, el dolor había
desaparecido y esta noche, dijeran lo que dijeran los colegas, no pensaba salir
de juerga.