Miércoles, 31 agosto 2011
COLUMNA CINCO
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| Francisco Mora
Lo del calendario, admitámoslo, es un camelo.
Aunque el almanaque señale el 1 de enero como el año nuevo, cualquier
estudiante sabe que su año real comienza con el curso académico, en septiembre.
De igual modo, todos somos conscientes de que el verano acaba hoy, 31 de
agosto. Y no solo porque cierren las piscinas o llegue la “operación retorno” y
su “síndrome posvacacional”, sino por ese hecho tan singular de los
coleccionables, del inicio de su campaña publicitaria, quiero decir; algo tan
genuinamente español ya como la tortilla de patata, la canción del verano o los
chillos de gallina llueca a lo “princesa del pueblo” en los programas de
petardeo de la caja tonta. Es inevitable, las teles se nos han llenado,
marcando el fin de la holganza, de anuncios de colecciones a cual más chic: ¿de
botones y cremalleras con glamour?, ¿de los condones favoritos de tus ídolos
del cine?, ¿de cabezas jibarizadas de famosetes alicatadas en purpurina
fashion?, ¿de tanques de la
II Guerra Mundial en llamas, despanzurrados por un obús?, ¿de
coches de época en porciones?... Dicen
que aquí, coleccionistas pocos, lo que hay son acaparadores de primeros
números, por lo del precio promocional. Llamativo, teniendo en cuenta que lo
que se estila son las colecciones a trozos, de montar. ¿Para qué quiere uno el
capó de un coche en miniatura? Claro que, si bien se mira, con ese capó, una
llama del tanque despachurrado, el bidé de la casita de la muñeca chochona y la
nariz jibarizada de Belén Esteban nos queda una escultura que ríase usted de
esas, que cuestan un güevo, de la muestra de arte chipén post-megaposmoderno
que vimos ayer.