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Cualquier patán decía que venía de Belmonte y se hacía en el ministerio
un silencio respetuoso que no ha vuelto a escucharse en Madrid hasta que
Mourinho llegó al vestuario del Bernabeu. Era cuando el país se
extendía más allá de Despeñaperros y en las reuniones te encontrabas con
gente de lugares exóticos como Granada o Teruel. El ministerio era
mucho más que la raspa de pescado que es hoy y trataba de poner en pie
un sistema educativo nuevo preguntándole a todo quisqui cómo quería que
fuera. ¡Qué tiempos tan cándidos! Lo que había hecho de Belmonte una
autoridad era la autoridad de Enrique Campos, un maestro de escuela
acostumbrado a saber lo que se llevaba entre manos, lo que ni entonces
ni ahora era demasiado frecuente. Dirigía uno de los Centros de
Profesores más pequeños y más influyentes del país y aspiraba a hacer
bien su trabajo. Algunos, muy jóvenes, aprendimos tanto que casi no
volvimos a hacerlo, mitad por devoción mitad porque nos pareció que ya
no podíamos. Mas otros peinaban canas y eran tan duros de oído que no
reconocían la voz del que hablaba no para hacer ruido sino porque sabía
las cosas. Expertos en moverse por el escalafón como sabandijas, algunos
prosperaron largamente. Enrique se fue a Albacete sin que nadie le
dijera espera, hombre, que ni hay prisa ni gente como tú en los
alrededores, y sin que tampoco nadie acudiese a despedirlo. Se retiró
del mundanal ruido y volvió a trabajar de maestro otro puñado de años
haciéndolo como solía: bien. Como nadie. Se jubiló en junio sin que
Barreda, ocupado en abandonar el desorden, le obsequiase el reloj que
daba a los maestros del cortijo que se le retiraban. Mejor, porque
siempre mereció algo más. Ayer empezó el primer curso sin Enrique Campos
dentro de un aula. Todo un hito.