
El día uno acudí al instituto. Besos por aquí y por allá. Qué tal y todo eso. ¡Que no se ocurra copiar hermosura! Antes, en la radio, un pastor –de ovejas– protestaba por el horario de los profesores que según María de la Divina Esperanza Aguirre es de veinte horas: «Más de esas hago yo en un fin de semana», decía el hombre desde el campo; de fondo se oía el ladrido de los perros que conducen al rebaño por los secarrales. Fotocopias, exámenes, un café. Hola, hola. Nadie sabe nada; a lo mejor la discípula de la baronesa Aguirre este año no destroza el sistema educativo en Catilla-La Mancha. A lo mejor. En los pasillos, una profesora interina me cuenta que con total seguridad no tendrá trabajo este curso; y qué vas a hacer; volveré a fregar institutos si me admite mi anterior empresa de limpieza, dice con una casi imperceptible mueca de amargura. Guardo libros rotos, corrijo ejercicios, deambulo alelado. En cada grupo se habla de lo mismo, los deslenguados blasfeman y se preguntan por los recortes en los sueldos de la presidenta regional.
Hoy hace bastante frío.
Es septiembre, día dos. En el Congreso, Rodríguez Zapatero sin remordimientos traiciona a
lo tonto a los pocos que aún confiábamos en él; a la vez, proporciona más argumentos
a doña María de los Dolores de Cospedal, emperatriz de Babia, para mandar a
limpiar o a la puta calle a doctores y licenciados. Mientras tanto, Barreda calla,
parece que no tiene energía para dar todas las explicaciones necesarias sobre su
gestión en la Junta o dimitir.
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