Domingo, 11 septiembre 2011

Árboles para la Plaza

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Blogs | El Tin-Tan de Mangana - José Vicente Ávila 0 Comentarios
Nuestra singular Plaza Mayor, trapezoidal, paleta de colores de casas que se alinean en vertical desafiando el equilibrio entre los monumentales edificios de la Catedral, el Ayuntamiento y el Convento de las Petras, ha vuelto a quedar desnuda de árboles. Ya quedó sin raíces cuando los 14 hermosos árboles que le daban sombra y verdor fueron arrancados de manera inmisericorde, sustituidos por unos pimpollos que no aguantaron cuatro inviernos, y por los magnolios que quisieron suplir la función más natural de plantar un árbol. Ni una rama queda en la Plaza en la que sobran coches y motos por doquier y carteles indicadores que poco indican porque no se ven y han quedado obsoletos. Los magnolios de la discordia adornan glorietas y rotondas, que a veces no está mal desnudar a un santo para vestir a otro.

      Pero ello no indica que la Plaza deba quedar sin árboles, que forman parte de su paisaje con el paso de los siglos. Observo la portada del libro "Calles de Cuenca" con una foto cenital de la Plaza con el verdor de los árboles que le daban sombra y vida. Estos días la plaza suele quedar diáfana con su vallado para correr la Vaquilla en las fiestas mateas de la Reconquista de Cuenca, pero quedaban los árboles para hacer el quite a la vaca. Se quitaron los magnolios y se deberían suprimir otros estorbos, amén de dar contenido a las jardineras, que más que para tener plantas parecen ceniceros de fumadores callejeros. Pero tras las fiestas mateas, con la obligada limpieza a fondo, deberían los pensadores municipales idear la fórmula de que la Plaza Mayor vuelva a contar con su arbolado.
[Img #34608]

      No podemos presumir de ser la segunda ciudad europea después de Ginebra en masa forestal y no contar ni con un ejemplar en la Plaza, que, como recogía José Luis Muñoz en su libro "Calles de Cuenca" en palabras de Torner, es nuestro "cuarto de estar". Todos los caminos de Cuenca llegan allí y el santo y seña conquense son sus singulares árboles. En Cuenca fuimos capaces de plantar pinos en los cerros pelados de la Majestad y del Socorro, hace más de cincuenta años, lo que le costó un serio disgusto a César González-Ruano, e incluso de colocar un pequeño pino en la torre de San Gil, como para que la Plaza quede plana, con sus fachadas policromadas y sin un árbol al que arrimarse en una tarde de verano.

      Esperamos que tras las celebraciones mateas se ponga en marcha un plan imaginativo para que el "cuarto de estar" de la ciudad sea más acogedor, y además de contar con su paisaje urbano tan peculiar, con su fuente de dos caños, y algún banco más de piedra, esos árboles en hilera que formen la procesión no ya de los ahilados chopos que escribiera Federico Muelas, sino de algo tan sencillo como de la propia vida de la ciudad. De momento contamos con las blancas sombrillas, pero en el Ayuntamiento deben pensar en verde. Manos a la obra.

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