Tengo
un compañero interino que se ha quedado sin trabajo. Pero su mujer no
se lo cree. Dice que el consejero ha dicho que este curso hay más
interinos que el pasado y que él qué sabe en comparación con el
consejero, que es su jefe. Así que lo levanta a las siete y media y lo
manda al instituto. Mi compañero le hace caso. Los primeros días era por
no discutir, pero ahora lo hace convencido de que solo así la realidad
se adaptará a las informaciones. Es el único de cuantos lo rodean que
cree que no tiene trabajo. Sus padres le preguntan por su nuevo destino y
le dicen que se cuide la voz.. Sus amigos de facebook y twitter le
felicitan: «tienes suerte de no vivir en Madrid, tío». Un vecino en paro
lo mira con envidia. Mi compañero llega al instituto a las ocho y media
y busca con disimulo y sin suerte su cuaderno, su horario, su
portatizas. Cuando entramos a clase, se da una vuelta por los pasillos
por si viera un aula sin profesor y resultase ser la suya. Pero tampoco.
Ya ha pasado por todos los institutos de la ciudad y la semana próxima
empezará a viajar por los de la provincia. En casa explicará que tiene
actividades extraescolares y cuando encuentre su destino le dirá a su
mujer que había permutado su plaza pero que no se lo había dicho antes
por no disgustarla porque está embarazada. También le ha pedido a la
compañera de nóminas de la delegación que le mande a casa una nómina
como si trabajase de verdad. No el dinero. Solo la nómina. Por lo menos,
que la vea su mujer, que ya se sabe cómo está. Tiene la mesa de su
estudio llena de papeles y de libros abiertos. Prepara clases y corrige
papeles en blanco como si fueran exámenes, de momento con buenos
resultados. Me dice que él ya ha puesto de su parte todo lo que puede.
Ahora solo falta que la realidad se avenga a razones.