
Hay
quien dice que la crisis, maldita crisis, ha sido originada por el ansia
de acumular riquezas; o sea, por la avaricia. No es cierto, quiero decir que no
es completamente verdad, si no añadimos que la avaricia a la manera de
Jean-Baptiste Poquelin, «dit» Molière, ya no se lleva; el dinero a lo grande no se esconde
en un agujero practicado en la pared porque los cuartos de los millonarios de
nuestro tiempo no pesan ni manchan, no huelen, son apenas cifras abstractas de
longitud variable utilizadas para decidir sobre la vida de los otros. Los
codiciosos hoy buscan otras sensaciones más, cómo diría, auténticas como la de sentirse
diosecillos omnipotentes,
omnipresentes en la discreción de las zahúrdas de Plutón que es donde se corta
el bacalao; dioses a la manera de los griegos: visibles e invisibles, carnales,
humanos. El avaro del siglo no cuenta su peculio, no le hace falta, se lo dan
hecho; sino que cuenta personas a las que no tendrá ningún escrúpulo en destrozar
cuando no cumplan ciegamente con sus deseos.
Si la
traca que nos atenaza empezó con la avaricia, es la envidia lo que la perpetúa;
según Unamuno, el pecado nacional de España, el defecto que nos hace pequeños e
impotentes, el que con tanto empeño hemos
exportado en bruto al universo mundo. Creo que para que la crisis instale definitivamente
entre nosotros solo hace falta que en el proceso intervengan también la
lujuria, la ira, la gula, la pereza y la soberbia. Lo positivo es que al señor
Rajoy no lo veo muy lujurioso; lo mismo nos salvamos.
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