
Cuando dices algo contrario a lo que sabes, mientes. Cuando cuentas la parte que te interesa mientras ocultas otra, mientes. Cuando actúas ante el público mostrándote como no eres, mientes. Es un pecado muy penado por las autoridades eclesiásticas porque en ella siempre va implícita la mala intención del falso, el velo que todo lo tapa. Algunos dicen que tiene los pies cortos, quizá porque puede ser alcanzada en cero coma y develada siempre que el engañador no se empecine y la repita hasta que el público en general se la trague por puro aburrimiento a la manera de lo que en su tiempo hiciera un tal Goebbels («una mentira mil veces repetida....se transforma en verdad»).
Yo conozco a mentirosos, los veo por la calle con su cara de palo a este lado de la cocorota como si jamás hubieran roto un plato; algunos son literatos, han hecho de su vida una novela por entregas, triste, en la que nada es verdad. Otros son profesionales, viven empecinados en el cuento; cuando los pillan (antes a un cojo), recitan a gritos su mantra como posesos para tratar de convencernos de que la verdad en un engaño es directamente proporcional a sus baladros (y tú más). Los peores son los acusicas que se escudan en otros para eludir sus responsabilidades; a veces, hablan de la herencia recibida, o de la nefasta influencia de los astros; otras, comparan gavilanes con palomas en la creencia de que el público es gilipollas y se lo traga todo. Claro que, bien pensado, después de lo visto en la boda de la vieja...
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