
Hay palabras importantes,
palabras inútiles, palabras de sobra y palabras dolorosas. Incluso hay palabras
divertidas y palabras de risa, que aunque pudiera parecer lo mismo, no es
igual. Pongamos, por ejemplo, las palabras chiripitifláutico y político. Ni se
asemejan. Hay palabras hondas, que iluminan nuestros sentidos, y palabras que
se abisman en lo más profundo de todas las miserias, en los balagueros del
mundo, donde niños rodeados de moscas se sorben los mocos y las lágrimas, su
único sustento de hoy para mañana. Hay palabras de uno que pesan como losas
sobre los hombros del otro, y palabras pluma que el viento arrastra y van de
acá para allá sin apenas tocar las cosas, sin casi rozarlas. Hay palabras desgraciadas,
muy conscientes de su gravedad y de sus densos significados, y palabras
dichosas –ni siquiera se saben palabras-, tocadas por el don de la ignorancia.
Hay palabras triviales y banales pero tan engreídas que no consienten ser
escritas sino con mayúsculas, pero otras, esenciales, solo saben escribirse en
minúscula y con letra menuda, como todo lo que nos es más necesario. Hay
palabras turulatas a las que, a veces, de alguna letra se le desprende la falta
de ortografía, y palabras que de tan tronadas atruenan en la frase y la hacen
papilla: la estela que dejan a su paso es un rastro de sangre en la nieve. Hay,
al cabo, palabras flatulentas y palabras paradoja que mean colonia. Y, claro
es, al final –como en el principio- está la palabra palabra.
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