
Tuvo un sueño extraño. Él,
que desconocía la lengua de Shakespeare, hablaba un inglés perfecto, culto,
riquísimo y sin asomo de acento que delatara su origen español. Lo curioso del
sueño es que no tenía ni la más remota idea de lo que decía. Cuando se dirigían
a él en inglés tampoco entendía nada, pero podía mantener diálogos de horas en
ese idioma, lo cual le resultaba muy desasosegante: cómo no quedarse con cara
de tonto después de una larga cháchara en la que ni sabes el significado de lo
que ha salido por tu boca, ni te has coscado de lo que te han dicho a ti. Menos
mal, pensaba, que los sueños solo son eso, sueños, disparates.
Esa mañana visitaban unos importantes clientes ingleses el
bufete donde trabajaba de chico para todo, y de repente, mientras servía unos
cafés, se sorprendió entrando en conversación, en el impoluto inglés de su
sueño, con aquellos señores tan encopetados. El impacto que causó fue enorme.
Esos clientes de alto standing habían quedado impresionados ya no por su
formidable dicción, sino por los conocimientos de economía y altas finanzas que
parecía poseer. Su ascenso en la empresa fue meteórico. Al cabo de un año no
había grupo financiero internacional al que no asesorase, y las bolsas
oscilaban al son de su inglés inimitable. Lo tremendo es que como no entendía
lo que decía, no podía saber lo que se supone que sabía.
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