Me han regalado un libro de autoayuda. No lo necesito; ¿autoayuda?, hasta ahí podíamos llegar. En el tocho hay muchas cosas que no entiendo. Por ejemplo, y solo es un ejemplo, que para conseguir mis sueños, anhelos o pretensiones tengo que emitir en determinada frecuencia para comunicarme con el universo (¿cuála?, grité ignorante mientras bostezaba). El libro ha acabado en la estufa de leña donde ha ardido con una llama levemente amarilla irisada de azules (mi menda se ha vuelto ecologista y friolero; no necesariamente en ese orden); era precioso ver cómo se le caían las letras gritando cabreadas sobre las ascuas. Ahora que te digo esto casi se me ha olvidado de qué puñetas iba, pero recuerdo una de las máximas que aparecía recuadrada en el panfleto: «El hecho de que no entiendas la ley, no significa que la rechaces»; qué por qué me acuerdo, porque me daba la impresión de que iba dirigido a un consejero que yo me sé de la Junta: el pobrecico no se cosca y anda revoloteando sobre las leyes como las moscas por la miel.Tengo que reconocer que soy de otra época, de cuando las veredas estaban sin labrar y las cigüeñas invernaban en África subsahariana. Comprendo que los tiempos tontos en que nos ha tocado sobrevivir exigen libros simplones, necios, para soportar la propia nadería. Pues no, don Tal, servidor de usted tiene bastante con lo que tiene como perder el tiempo buscándose por los bajos las desgarraduras. O sea, que para remediar mis males me voy a ver cómo los chopos se vacían sobre el río.