Miércoles, 19 octubre 2011
Hambruna
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| Francisco Mora
Y sigue sin caérsenos la cara de vergüenza. Nos
levantamos cada mañana, vamos al baño y dejamos que nos afeite ese sujeto que
nos observa, con telarañas en los ojos, desde el otro lado del espejo. Como si
tal cosa. A veces, incluso miramos complacidos el cristal, y así vamos
arrastrando por la jornada nuestra pizca de vanidad y arrogancia, nuestra
brizna de mezquindad... todo eso, en fin, que podemos permitirnos como elegidos
niños bien del mundo bien, de esta parte satisfecha de la Tierra que quiere
creer –aunque uno no pueda engañarse a sí mismo- que el planeta empieza y acaba
en el propio ombligo. Otros no pueden permitirse esas frivolidades, bastante
tienen con malvivir para malmorir a diario. Y lo digo, sí, desde el centro de
esta crisis que nos aflige, a sabiendas de que aquí hay pobres muy pobres (cada
día más, en proporción directa al número de ricos que, sacando tajada del mal
ajeno, acumulan riquezas sin cuento) y demasiada gente que empieza a pasarlas
canutas. La conciencia, si la tuviéramos, nos aplastaría bajo su peso (¿o no,
mis queridos políticos y financieros?), porque los datos son escalofriantes:
1.400 millones de personas viven en la pobreza extrema, es decir, no disponen
de agua potable y comen aguachirle de pascuas a ramos. Casi mil millones (1 de
cada 6 habitantes del planeta) están hambrientos, o sea, no comen: mueren
desnutridos mientras nuestro occidente en recesión tira cada día toneladas de
alimentos a la basura, y aliviamos con migajas de caridad, qué vergüenza, lo
que clama a gritos justicia social. El problema del hambre es que no se pega.
Si se pegase, otro gallo nos cantara.