En el Día de las Catedrales, del sábado 22 de octubre, fueron centenares las personas que accedieron a esta joya anglonormanda que brilla con luz propia en la Plaza Mayor para asombro de los turistas que por vez primera vienen a Cuenca, por esa rara belleza única que en un primer impacto recuerda a la de Notre Dame, según suelen comentar en voz alta visitantes de otros países. La historia nos dice, y en la Exposición que se puede contemplar en el hermoso Claustro restaurado se recuerda con datos y gráficos, que la Catedral sufrió los embates del tiempo, y de manera rotunda el hundimiento del Giraldillo y torre de las campanas, que cambiaron su fisonomía casi al mismo tiempo que el Gobierno la declaraba Monumento Nacional en agosto de 1902.
De todo ello han pasado casi 110 años y ya no vale lamentarse mirando las fotos del recuerdo de aquella Torre del Giraldo que sobrevolaba la Hoz del Huécar y se divisaba desde las diseminadas casas del paraje de Bella Vista, barrio posteriormente conocido como Buenavista. (No es lo mismo observar una bella vista que tener una buena vista para no ir al oculista). Vamos, que desde el antiguo barrio del Chocolate (conocido así por sus barrizales de greda marrón), se observaba y se observa, esa estampa del Casco Antiguo en la que la fachada de la Catedral resalta en el conjunto. Ha pasado el tiempo, decimos, y toda la labor de mejora y mantenimiento del gran monumento conquense debe ir encaminada a su total esplendor, pues es todo un joyero del arte de todos los tiempos en su más amplia extensión.
No cabe duda de que en los últimos lustros la Catedral ha notado una gran mejora en todo su conjunto, gracias a la ayuda de las instituciones y de particulares donantes. Vidrieras, capillas, la Torre del Ángel, el recuperado Claustro de siglos cerrado y muchos otros aspectos invitan a seguir en la tarea. Hace pocas fechas visitaba Cuenca la ministra de Cultura, González Sinde, con el compromiso de que la Capilla del Espíritu Santo, tantos años cerrada como almacén de obras, pueda ver en un futuro no lejano la luz de su restauración, como si fuese el soplo divino del Espíritu Santo que sobrevuela esa "capilla secuestrada", en palabras de Federico Muelas de hace medio siglo, que sólo se abría en Pentecostés. Ya ha llovido.
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Estos días, sobre las fachadas laterales que dan a la plaza Obispo Valero, que parece más un garaje de coches al aire libre, se han montado andamios para reparar y mejorar todo su aspecto. Quizá sea el momento adecuado, con esas obras, para que las pétreas paredes recuperen su antiguo esplendor, desapareciendo de ellas motivos trasnochados que nunca debieron mezclarse con el respeto que el propio edificio merece. Ojalá que dentro de pocos meses podamos ver restaurado el exterior de la Catedral, con sus piedras de la historia inmaculadas, con las gárgolas que faltan ocupando su sitio, y con las paredes protegidas evitando el aparcamiento sobre sus muros.
El entorno lo agradecerá y los turistas podrán hacer mejor sus fotografías de este monumento nacional que el rey Alfonso VIII mandó construir y su esposa, Leonor de Plantaganet se encargó de llevar a cabo. Por cierto, la reina no tiene calle en Cuenca, y no sería descabellado repartir en dos nombres la plaza y calle del obispo Nacarino Valero, a quien se recuerda más que al prelado Sangüesa, que vio hundirse la torre de la Catedral y levantó el puente de San Pablo. La historia, a veces tan injusta. Si las piedras hablaran…