La deslumbrante estación cultural y turística del otoño conquense se muestra con todo su esplendor, en estos días del puente de Todos los Santos, a caballo entre un octubre que se va casi sin lluvias, y por tanto sin hongos o níscalos, y un noviembre incierto que se presenta con las urnas de unas elecciones a veinte días vistas. La caída de la hoja de los árboles huesudos deja ver ese otro paisaje que tapa el follaje del verdor primaveral, muy al hilo de lo que acontece en el quehacer cotidiano. en el que la palabra crisis es la clave de cada minuto que transcurre, que no la frena ni el cambio de hora, el retraso horario del más largo puente de fin de semana con una hora más. Crisis y paro debieran ser tras el 20-N como las hojas caídas del otoño que se lleva el viento huracanado para que las aguas tranquilas de un esperanzador futuro vuelvan a su cauce.
Volvemos al hilo conductor del otoño conquense fascinante de estos días, que muchos visitantes de la ciudad y la provincia, y sobre todo de la Serranía, están disfrutando. Es una explosión de luz y color, con esos amarillos de luminoso fulgor y de oro viejo en la puesta de sol; ocres y burdeos entre verdes tamizados de distintas tonalidades, que resaltan en hoces y riberas al paso del verde y plateado Júcar que, contemplándolo desde el mismo Puente de San Antón, se puede evocar a Gerardo Diego en su conocido Romance: "Agua verde, verde, verde / agua encantada del Júcar, / verde del pinar serrano / que casi te vio en la cuna…"
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Desde los miradores de Mangana el espectáculo del paisaje otoñal es realmente espectacular, con todo el barrio de San Antón arracimado a la roca de la Majestad, las agujas del templo que trazó Martín de la Aldehuela sobresaliendo sobre el conjunto, con el puente de aguas bravas decorado por la vegetación de verdes y amarillos fulgurantes. La postal de los oros del otoño sigue su curso por el Recreo Peral y la Playa Artificial con vista cenital desde el Castillo, camino de San Isidro, donde descansan para siempre Muelas, Zòbel, Marco Pérez y Saura. La pluma de Federico escribe renglones de amor a Cuenca y a su estación dorada: "Cuenca, la de los altos y ahilados chopos de tan delgada línea que el viento fuerte resbala en su delgadez, como un filo, sin poderlos tensar. Chopos como encapuchados, como líricos penitentes, incendiados en litúrgicos oros del otoño". Un espectáculo de la Naturaleza.
El paseo otoñal, calle abajo, ahora por la Ronda del Júcar desde San Pedro, nos pide un alto en el mirador de Camilo José Cela y la plaza de San Nicolás con la moza del cántaro de Martínez Bueno en su soledad. Cela, en su "Corazón de Cuenca", escribía en la tercera de ABC tras una de sus últimas visitas: "Cuenca es la misma imagen de la cultura que se ciñe a la infinita y misteriosa norma que late, de dentro afuera, en el corazón mismo de los seres vivos y de las piedras también vivas en su armoniosa serenidad". Viajero impenitente de la Alcarria y de la Cuenca abstracta y gentil, añade Cela: "Cuenca es la sorpresa que se mantiene, el paisaje que se adivina y el sobresalto que se amansa con un plato de morteruelo y dos vasos de vino… Al final de este paseíllo reconfortador, Cuenca emerge con su pasmoso señorío y su culta hospitalidad al arte".
Cuenca del otoño, entre sus Hoces del Júcar y del Huécar, siempre estará ahí, para el disfrute de quienes vienen a visitarla y, al mismo tiempo, a descubrirla, como está ocurriendo en este puente festivo de Todos los Santos, con ese protagonismo propio de la tradición de las flores, los buñuelos y los huesos de santo. Pleno otoño.