
De esa maravilla de
Castilla-La Mancha que es Cuenca, sus principales atractivos son, de un lado,
el enclave: situada entre dos hoces espectaculares, las de los ríos Júcar y
Huécar, el paisaje se abisma en precipicios improbables sobre una vegetación
riquísima en matices que es un festín cromático para los ojos del que
contempla. De otra parte, su casco antiguo: pino y recoleto, se ofrece a los
pies del caminante como un conjunto colorista, imposible y no obstante
equilibrado, en el que bajando a una casa caes en lo alto, o subiendo una calle
te despeñas en el hondón de un paraje increíble. Magias de una ciudad que,
suspendida en el aire, anida en el corazón de la roca.
Otro reclamo de Cuenca para el visitante es su recia
gastronomía: morteruelo, ajo arriero, zarajo, caldereta, alajú..., recetas con
fuste que han dado lugar a toda una literatura en la ciudad, hasta el punto de
que así como hay una copiosa escritura semanasantera, puede hablarse de un
subgénero morteruélico, calderetero o alajuístico.
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