Viernes, 4 noviembre 2011
Pérgamo
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| Miguel Ángel Ortega
n el museo berlinés de Pérgamo se ha colocado una estructura anexa que
podrá visitarse durante un año. Se trata de un cilindro de veinticinco
metros de altura en cuya pared se ha dispuesto un lienzo de cien metros
de largo. En él un artista local ha repesentado la ciudad asiática según
sería en los tiempos clásicos. Asomado a una terraza fabricada
alrededor de un contenedor de barco, el espectador asiste, desde lo
alto, a un día en la vida de la ciudad. Como es una pintura, los
personajes no se mueven, pero los efectos de luz y sonido transmiten con
realismo la idea de que el tiempo está pasando. Esa sensación de que lo
que para ti es un minuto de contemplación muelle son dos horas de
trabajo duro del campesino te hacen sentir como si fueras Dios. El
escultor que al fondo talla una obra no sabe cómo le va a quedar pero tú
sí, porque la has visto terminada e incluso destruida por el trabajo
laborioso de los siglos o el más repentino de las guerras. Desde la
atalaya de hierro reutilizado por el espíritu pragmático alemán
cualquier turista sin formación ni fe puede sentir que forma parte del
Olimpo. Era eso lo que le pasaba al otro día a un tipo con el aspecto de
un estibador polaco al que se le había adherido al rostro una sonrisa
de condescendencia. Debía de llevar allí desde que abrieron el museo y
miraba abstraído hacia el gran altar donde ardía una pira con la que los
pergamenos buscaban el favor de los dioses para la próxima batalla con
la misma eficacia ahora -en un dibujo sobre el lienzo- que entonces,
cuando la supervivencia de la ciudad se confiaba a la fuerza con la que
ardían los troncos de las encinas. El estibador había comprendido la
grandeza de sentirse divino y, a la vez, la vacuidad de todo empeño
humano, así que acababa de perder cualquier motivo para moverse de ahí y
había dejado su futuro en manos de los guardias de seguridad, que lo
desalojarían a la hora del cierre.