Miércoles, 9 noviembre 2011
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| Francisco Mora
Cómo ha cambiado el oficio. Esta interminable
crisis que todo lo enfanga. Hasta las neuronas y los lapiceros. Hoy, a los
columnistas, más que columnas nos salen textos de cuerpo presente. O autopsias.
Antes, buscabas la sección de Fulano y sabías lo que ibas a encontrar: una
prosa pulida, rítmica, envolvente, llena de gracia, que hacía que sus palabras
–así dijera la tontuna más grande- te supieran a gloria bendita. Leías a
Mengano y encontrabas literatura a mansalva, de la mejor que, como decía aquél,
es la que se escribe en los periódicos, esa flor de un día, esa hoja volandera,
ese canto fugaz y minutísimo, con ton y con son, a la efímera hermosura de la
vida. Te enfrascabas en los renglones de Zutano, en fin, y la fiesta de las
letras se abría en plenitud ante tus ojos, como si del mundo viejo surgiera una
mirada nueva. Ya no. Ya casi no encontramos columnas –entonemos el mea culpa-
que no se mueran de crisis, cagaleras y politiquerías. Y así, vamos del
barbicano Rubalcaba al índice nikkei, de la prima de riesgo al barbirrucio
Rajoy. O sea, de la antiliteratura al hueco, del agujero negro al antipoema.
Una lástima. Porque si somos palabras, palabras con sentido, verdaderas, sin
ellas estamos condenados a ser la falsa moneda. El envés de una trama que nos escriben
otros. Y con muy mala baba. Si, para más inri, nos encontramos en plena campaña
electoral y a pocos días de unas elecciones generales (ser gobernados en
mayoría absoluta no implica serlo –roguemos- absolutamente) para el columnista
pintan bastos. Aunque quien en realidad es muestra y se lleva las diez de
monte, siempre es la sota de espadas.