
El otro día tras una cena frugal regada con abundante agua clara de la fuente, cosecha del año en curso, servidor se sentó delante de la tele que le ha regalado el banco, un aparato raquítico «made in Maspallá». Un grupo de enterados me explicaban a mí solo en la inmensidad de la sala de qué iba la vida ahora, como si servidor acabase de llegar tras años en la luna. Eran los contertulios de la tele, una especie en vías de extinción. Luego, lo supe entonces, empezaba el debate entre dos de los aspirantes a la presidencia del gobierno y a los que sorprendentemente yo no puedo votar porque no se presentan por mi provincia. Aguanté todo el tiempo como si en ello me fuera la vida; Canela, no, se durmió panza arriba y roncaba la muy perra.
No te
puedo decir qué saqué en claro, o en oscuro porque el agua me produce un efecto
inesperado sobre la conciencia. A un candidato se le escapaban las eses por
entre las comisuras de los labios; al otro, las preguntas que jamás obtuvieron
respuesta. Ya te digo: un aburrimiento; prefiero un peli del Oeste o las de
Antonio Ozores que en gloria esté. Me quedé frito sobre la mesa camilla y eran
las tres cuando servidor se encaminaba, más solo que la una, a la fría cama.
Por la mañana, en la radio, sonaba Serrat con una canción que se me ha vuelto
pegadiza: «Pelea por lo que quieres/ y no
desesperes/ si algo no anda bien./ Hoy puede ser un gran día/ y mañana también».
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