Jueves, 17 noviembre 2011
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Libertad

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Cuenca - Opinión | José Luis Muñoz 20:28 | 0 Comentarios

Siempre que se hace una exposición antológica alguien, alguno de los espectadores (yo, por ejemplo, en este caso) siente la inevitable sensación de que “ahí” falta algo, una cosa, un detalle, un objeto, que hubiera podido ser incorporado si el encargado del montaje hubiera sido otra persona y no quien asumió, con un evidente coste personal, la tarea de realizarla.

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En la exposición organizada por la RACAL estos días y que durará hasta mediados del mes de diciembre (plazo suficiente para no perdérsela e incluso para repetir la visita, porque en una sola sesión no hay tiempo para captarlo todo), distribuida en dos apretadísimos apartados, uno en el Centro Cultural Aguirre y otro en la sala de la Fundación CCM, hay tantísimas sugerencias implícitas y es tan amplio el espacio y el contenido que se ha pretendido cubrir que, necesariamente, faltan cosas. Pero no se crea, tras leer esta introducción, que pretendo aquí hacer de quisquilloso analista señalando puntos defectuosos. Nada de eso. Mi comentario va en otra dirección, hacia lo inmaterial, por asumir el concepto que emplea la Unesco cuando pretende conceder uno de sus galardones a algo que no tiene un soporte físico (un monumento, por ejemplo) sino que discurre por el territorio donde anidan y laten las ideas, las palabras, los sentimientos incluso.

    Ahí se encuentra la libertad, sacrosanta palabra, utilizaba como emblema y título de la exposición que sirve de pretexto para este comentario. Nadie es capaz de capturar físicamente la libertad, pero existe, está ahí, con una fuerza incontenible, latiendo entre los seres humanos desde tiempos tan remotos que incluso estaba ya cuando aún nadie había caído en la cuenta de su existencia, tan real y cierta como la vida misma. Bendito el que un día cualquiera cayó en la cuenta de que podía ejercerla, buscarla, disfrutarla, reivindicarla, gozarla y, también, denunciar a quienes, con cualquier pretexto -y han encontrado miles, los muy ladinos- pretenden impedirla, coartarla, limitarla o llegar a anularla, nunca del todo, porque hasta en los peores momentos, si en el fondo de la conciencia sigue alentando una pizca de libertad, es como si tuviera plena vigencia.

    Todo eso es inmaterial, invisible. Es un estado de conciencia, un sentimiento, que en la exposición se manifiesta en multitud de elementos físicos, libros, carteles, revistas, discos, fotografías, cuadros. Pero en esta vida puñetera que vivimos (y siendo mala la actual, no es la peor de todas las posibles) las cosas no tienen una dimensión absoluta, sino con un contrapunto siempre a tener en cuenta. Las hojas de los árboles tienen haz y envés, las monedas cara y cruz, el día va acompañado de la noche siguiente, el delantero que marca goles tiene enfrente el portero que los detiene. La historia de la libertad cultural de estos últimos 36 años en Cuenca es también la crónica de los intentos, a veces desmesurados, en otras ridículos, por impedirla o limitarla. Eso es lo que echo en falta en la exposición y en eso es en lo que pienso, para mis adentros, cuando voy caminando de pieza en pieza y se avivan los recuerdos, especialmente aquellos en que me ví implicado personalmente.

El tiempo amaina la dureza de los golpes y ante algunos de ellos me sonrío interiormente. Cómo no hacerlo recordando las disputas con el gobernador de turno, con el fiscal de turno, con el censor de turno, cuando pusimos en marcha “El Banzo”. Cómo no burlarme (a toro pasado) de los apuros de la pareja de policías que acudía a las sesiones del cine-club para oír y anotar lo que allí se decía y luego ir con el cuento a la autoridad competente que al día siguiente nos llamaba a capítulo, por malos y revoltosos. Cómo no recordar los sucesos derivados de aquella exposición en que Cavero mostró una versión iconoclasta de la santa cena, o el escándalo con los primeros cuadros que trajo a Cuenca Julián Pacheco, o el alboroto con aquel cortometraje que ofrecía en primer plano un pubis femenino y tantas otras cosas que van desfilando por mi mente mientras paseo entre las estanterías o dejo descansar la mirada en los cuadros de las paredes. Pero todo eso no está. Lo sabemos los que estuvimos allí, en ese tiempo, y sería bueno, muy conveniente, que lo supieran también quienes han llegado después y lo ignoran, emborrachados cada día con el hermoso sonido de la palabra libertad.

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