Sábado, 19 noviembre 2011

La gorrina

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Blogs | Francisco Page 0 Comentarios

La señora Lucrecia decidió un día comprar una gorrina. Desde niña, cuando la abuela Asun alimentaba año tras año con hechura de mondas y harinilla al mismo animal (eso le decía a la infeliz), quiso tener una hermosa, grande, un animal de compañía que le endulzase las tardes turbias del otoño con su canto de ángel tallado en piedra esmeril. Nunca pudo. Pasaron los años y los hijos se fueron. Ahora, de vieja, lo ha conseguido; hace unos pocos días, el señor Abundio le descargó un animal lustroso y sonrosado: «diez arrobas y pico en canal», sentenció el chofer tras tentarle el lomo; «buenas orzas de chorizos y mejores perniles», dijo.

Lucrecia está feliz. En la soledad de su paramera la fortuna le ha regalado la oportunidad de convivir con un ser vivo que de nuevo le ocupa la casa. La guarra se llama Ifigenia, que quiere decir mujer de raza fuerte; se lo puso aposta después de mirar una tarde entera en el libro de los nombres. Al bicho le cuenta sus penas y parece que desde el cuévano de la mirada le comprende las quejas al ama y se complace con sus alegrías.

El próximo domingo Lucrecia acudirá a votar. No irá sola; ha decidido que se levantará temprano y paseará con la gorrina hasta llegar a la puerta del consultorio donde le han puesto la urna. Lo más seguro es que los guardias prohíban el paso a la mascota por aquello de la limpieza electoral; por eso lleva un cordel fuerte, para amarrarla a la chaparra que les ha crecido en aquellos eriales. 

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