
La
señora Lucrecia decidió un día comprar una gorrina. Desde niña, cuando la
abuela Asun alimentaba año tras año con hechura de mondas y harinilla al mismo
animal (eso le decía a la infeliz), quiso tener una hermosa, grande, un animal
de compañía que le endulzase las tardes turbias del otoño con su canto de ángel
tallado en piedra esmeril. Nunca pudo. Pasaron los años y los hijos se fueron.
Ahora, de vieja, lo ha conseguido; hace unos pocos días, el señor Abundio le
descargó un animal lustroso y sonrosado: «diez
arrobas y pico en canal», sentenció el chofer tras
tentarle el lomo; «buenas orzas de
chorizos y mejores perniles», dijo.
Lucrecia
está feliz. En la soledad de su paramera la fortuna le ha regalado la oportunidad
de convivir con un ser vivo que de nuevo le ocupa la casa. La guarra se llama Ifigenia,
que quiere decir mujer de raza fuerte; se lo puso aposta después de mirar una
tarde entera en el libro de los nombres. Al bicho le cuenta sus penas y parece
que desde el cuévano de la mirada le comprende las quejas al ama y se complace
con sus alegrías.
El próximo domingo Lucrecia acudirá a votar. No irá sola; ha decidido que se levantará
temprano y paseará con la gorrina hasta llegar a la puerta del consultorio donde
le han puesto la urna. Lo más seguro es que los guardias prohíban el paso a la mascota
por aquello de la limpieza electoral; por eso lleva un cordel fuerte, para amarrarla
a la chaparra que les ha crecido en aquellos eriales.
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