Sábado, 26 noviembre 2011
Cultura

Víctor de la Vega: en lo más alto del mural

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Cuenca - Local | Antonio Lázaro 11:34 | 0 Comentarios

La RACAL ha recopilado en una obra la larga y fructífera trayectoria del artista conquense. Antonio Lázaro lo consigna y recuerda en este artículo. Su arte: "Ese lado celeste y mítico de su arte hace que, en mi opinión, no sea legítimo hablar de localismo". Mural de El Salvador: "Cuenca se transforma en una suerte de Jerusalén celestial por obra y gracias de la paleta de Víctor".

[Img #43461]Tengo conmigo un libro en tamaño gran folio, encuadernado en tapas duras e intitulado con el nombre del artista: Víctor de la Vega. Lo edita la Real Academia Conquense de Artes y Letras e incorporan sus logos como patrocinadores todos los que debían estar ahí: Ayuntamiento de Cuenca, Diputación provincial, Junta de Comunidades, Obra Social de la CCM y Cuenca capital europea.

Por una vez, un artista de Cuenca en la cúspide de su trayectoria ve reconocida, esclarecida y catalogada con bastante rigor una obra de décadas.

Deseo escribir sobre Víctor de la Vega, que personalmente ha pasado de ser don Víctor, un catedrático nimbado de seriedad y de distancia, a Víctor, un amigo que no ha perdido con serlo el don del magisterio.

Víctor de la Vega fue mi profesor de Dibujo en el Instituto Alfonso VIII, allá por la encrucijada de los años 60 y 70 del pasado siglo.

Sólo su porte, su alta estatura coronada, en palabras de César González Ruano, por una “cabeza de centurión” imponía el silencio en aquella turba de adolescentes inquietos. Negado yo para las habilidades y sutilezas del dibujo, don Víctor me guió con tiento y tuvo la generosidad de no suspenderme ningún curso.

Muchos años más tarde, lo visité en compañía de Cristian Casares (q.e.p.d.) en su casa y estudio del Escardillo, en la cuesta de la plaza (esa cuesta o zigurat celeste tan recurrente en sus cuadros). Éramos un actor maduro, un poco outsider dentro de su gremio, como el carro de Cómicos, más o menos utópicos, y un joven con  inquietudes literarias y algún librejo publicado. Don Víctor seguía siendo don Víctor pero acerté a percibir una perspectiva nueva para mí: la del artista en una intimidad recargada de sus obras mas también de toda clase de libros y antigüedades. Creo recordar que ya entonces, como casi todas las veces que lo he visitado, escuchaba música clásica.

Asiduo como era yo por aquel entonces de la parte alta de nuestra ciudad, Víctor me pareció un islote, un bastión figurativo en un ambiente donde el arte hegemónico, y excluyente a menudo, era el abstracto.

Años después, ya en los 90 del pasado siglo, impulsé junto con Cristian Casares, José Manuel Ortega y otros amigos una celebración de la geografía conquense relacionada con las postrimerías del gran Jorge Manrique, máximo cantor de la muerte en nuestra lengua. Surgió de ahí el encargo a Víctor del Políptico de Jorge Manrique. Pensamos que ningún otro pintor contemporáneo sería capaz de trasladar su pincel en el tiempo hasta finales del XV para regresar con una visión tan clásica como actual por intemporal del triángulo manriqueño: la lanzada (Garcimuñoz), la agonía (Santa María del Campo Rus), el sepelio (Uclés). Esta obra maestra, que destila sobria emoción, se puede visitar en el Museo Jorge Manrique de Santa María del Campo, un nuevo recurso cultural plagado de sorpresas que va a dinamizar el turismo cultural en esa parte de La Mancha alta conquense.

En esa misma década, desde la Fundación Sánchez Vera acordamos encargar a Víctor otro trabajo ambicioso y entrañable, radicalmente conquense: la serie de ilustraciones para una edición de lujo de In illo tempore, la gran novela tardoromántica de Emilio Sánchez Vera, íntegramente localizada en una Cuenca digna de Bécquer y de Espronceda.

Esas ilustraciones, que transcriben con arte y amor los lances más emotivos del relato sobre los desdichados amoríos de don Fernandico y la bella doña Sancha, fueron ya expuestos en su día, creo recordar, y esperemos que pronto estén permanentemente al alcance del público no sólo como publicación impresa sino también como exposición estable, una vez alcance su plena actividad la Fundación a la que me honra pertenecer y por la que tanto han trabajado sus presidentes, el abogado José María Lázaro (q.e.p.d.) y desde hace años y actualmente el arquitecto Arturo Ballesteros.

En su última etapa, recuerdo que era un gran consuelo para mi padre recogerse a orar unos minutos en la capilla del Jesús de las Seis, cuyos muros y bóveda están bellamente pintados por nuestro pintor, cuya faceta de muralista se puede disfrutar en Mohorte, La Melgosa, el Hotel Alfonso VIII, la sede de Caja Guadalajara, Priego y tantos otros lugares. En ese mural del Salvador, Cuenca se transforma en una suerte de Jerusalén celestial por obra y gracias de la paleta de Víctor.

Ese lado celeste y místico de su arte hace que, en mi opinión, no sea legítimo hablar de localismo en relación con su arte. Cuenca ha sido siempre en este transmutación, trasmundo, mucho más que una capital de provincias de la Castilla profunda, con serlo  también: un Aleph, un mandala, un visor cósmico.

Cada cual debe tratar de vivir con dignidad el tiempo que le ha tocado vivir y entiendo que el pintor del que escribo lo ha hecho. Quedarse en su juventud y tránsito a la madurez plenamente inscritos en la Dictadura es limitarlo. La generosa biografía de Víctor, que nos seguirá dando satisfacciones personales y creativas, recorre también la Transición, el felipismo, el aznarismo y el zapaterismo, y… lo que venga. Repaso las fotos de juventud de Víctor en sus primeras exposiciones y lo percibo como una especie de Rimbaud rodeado de prebostes falangistas y de gobernadores civiles más o menos ilustrados. La misión de un artista es desarrollar su arte con la mayor dignidad y personalidad posibles: es evidente que Víctor lo ha conseguido.

Acabaré esta breve semblanza del maestro De la Vega-en mi apreciación, junto a Gustavo Torner, el mayor artista en activo de nuestra ciudad-, refiriendo una anécdota que habla con claridad acerca de su profunda liberalidad y se su sentido autocrítico.

Hacia 1992, Carlos de la Rica, Heliodoro Cordente y el que suscribe nos centramos en la recuperación de la vida y la obra del gran escritor barroco conquense, de estirpe judía, Antonio Enríquez. Víctor tenía tenía ya cerrados la composición y personajes de su magno lienzo sobre Hijos ilustres de Cuenca con destino al IES Alfonso VIII. Aún así, tras el descubrimiento del dramaturgo y poeta de la calle del Retiro, Víctor rehizo el plan inicial y le hizo un hueco al más conquense de los judíos en un extremo de la composición.

En su cariñosa dedicatoria a este libro magnífico, con una excelente coordinación a cargo de Pedro Miguel Ibáñez, un completo recorrido por la vida cultural conquense bajo el franquismo firmada por Silva y Priego y la pertinente catalogación de la obra de Víctor a cargo de Ana Belén Rodríguez Patiño, Víctor me pide que deje el Tajo y me vuelva al Júcar. Yo nunca he dejado el Júcar: ¡si hasta le dediqué un soneto! Tengo que decirle que en mi nueva novela, “La cruz de los ángeles”, inspirada en el robo de la cruz de Caravaca,  regreso a Cuenca en compañía de un clérigo conquense y de un rey musulmán convertido al cristianismo, y que en tan bizarra compañía la acción visita el paraje templario de Torrebuceit y el no menos templario Hospital de Santiago.
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