En este puente intermitente, entre el primer fin de semana de diciembre y las fiestas del Día de la Constitución y la Inmaculada, de martes y jueves, la ciudad recibe a los turistas de forma escalonada, con un día soleado de domingo, pese a las bajas temperaturas nocturnas. Luce el sol de mediodía y la nieve, de momento, no hace su aparición, aunque la sal gorda está preparada. Entre todos estos días tenemos el 7 de diciembre, que para Cuenca ya forma parte de su historia, pues hace tres lustros fue declarada Patrimonio de la Humanidad la Ciudad Fortificada de Cuenca. Cada 7 de diciembre también y desde hace siglos, en Horcajo de Santiago se vive con intensidad la noche del Vítor a la Purísima Concepción, con el estandarte que centenares de manos elevadas quieren tocar y luce con no poco orgullo el portador montado a caballo.
La Cuenca Fortificada que cumple sus quince años de" niña bonita" como Patrimonio de la Humanidad, ha mejorado mucho su aspecto en estos tres lustros, pues el Casco Antiguo se lavó y se pintó la cara con "Cuenca a Plena Luz" y lo sigue haciendo con el Consorcio, en calles, callejas, rondas, edificios y viviendas, aunque aún queda mucho por hacer, sobre todo en un lugar que no admite más demora tras más de diez años de dimes y diretes. Tras vaciarse la plaza de Mangana del hormigón y el canto rodado con la que se le cubrió en 1977, ha aparecido la historia oculta de las piedras mudas de la historia a las que hacen hablar los arqueólogos, además de la muralla del Carmen. Han pasado muchas lunas por la Torre de Mangana, ahora casi triste y sola, para que se le ponga en el valor que merece tan privilegiado lugar, atalaya de la ciudad alta.
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Como lo está la Cuenca oculta que ha salido a la luz de su sueño de siglos. Hace un año se abrió el túnel de la calle de Alfonso VIII, refugio antiaéreo de la guerra civil, y escenario en tantos años de las andanzas de los mozalbetes del Casco Antiguo, que se sabían a pies juntillas los quiebros y requiebros por esa Cuenca oculta, de hoz en hoz, entre rocas subterráneas, como bien reflejaba José Luis Coll en su libro y película "El hermano bastardo de Dios", rodada aquí. A Coll le hubiese agradado asomarse a esta Cuenca Oculta a la que tantos turistas acuden a conocer sus misterios.
Allá por el año 1959, cuando la leyenda del "crimen de Cuenca" que pudo desentrañar Pilar Miró con su película tampoco exenta de polémica, a José Luis Coll se le ocurrió escribir un artículo pidiendo que se buscase un lugar para "La casa del crimen de Cuenca", pues le dolía como conquense el sambenito de los tontos de chorra de turno. Decía: "Hace ya muchos años que venimos sufriendo la impertinencia de oír llamar a nuestra querida Cuenca "la ciudad del crimen". ¿Cuántos años ya? No sé. Los bastantes para haber podido comprobar que la cosa no lleva camino de acabarse". Hagamos la casa y que paguen los panolis, ironizaba Coll, que daba incluso pistas: "Casas hay en Cuenca cuyo siniestro aspecto podrían servir para nuestro intento. Dos de ellas, por ejemplo, podrían ser, la de la "Sirena", a la entrada de las Casas Colgadas, o la "Casa de las Rejas", junto a la Puerta de Valencia. Sí, queridos paisanos, lo digo con el corazón en la mano, tal vez aguantando un chorrito de sangre pronto a salir, pero considero necesario que Cuenca tenga su "Casa del Crimen". Los idiotas lo serán toda su vida y abrirán los ojos desmesuradamente ante la sangre del corderillo lechal…".
No fue necesario. Cuenca, la Ciudad Fortificada tan única, tan sorprendente, sugestiva y natural, ofrece además de su irrepetible paisaje esa otra "Cuenca oculta" del misterio y la propia realidad, que tanto le hubiese gustado a Coll, en esos 90 metros de longitud de túnel de la antigua Correduría, y en otros próximos refugios o criptas que se abrirán. Un buen reclamo para estos días.