El otro día viajé en el mismo tren que nuestra presidenta y dos personas
de su séquito. Me sorprendió que no dejase de rumorearse en todo el
convoy que ninguno de los tres había pagado su billete. Seguro -dije a
alguien que me instó a traer el asunto a esta columna, con una demagogia
impropia de mi categoría- que Su Excelencia conserva el kilométrico que
utilizó cuando vino a Cuenca siendo candidata, cuando se dice que
tampoco pagó billete alguno, y de todos modos, apostillé, su viaje nos
sale más barato que fletar un A8 con madera de roble en el salpicadero.
¡Qué susceptibles nos hemos vuelto todos!, concluí. Fue entonces cuando
me contaron, como justificando la desconfianza, que circula por internet
un corruptódromo, que es un mapa de España en donde todo aquel que
tiene constancia fehaciente de que se ha cometido un delito de
corrupción, lo cartografía y lo detalla. Los millones de euros que los
políticos y sus yernos han afanado y no piensan devolver no pueden ni
contarse, pero son miles. Muchos miles de millones que, si estuvieran en
su sitio, quizás hubieran dejado al BCE sin excusa para imponer los
sueldos de miseria que le ha impuesto a Rajoy que nos imponga esta
Nochebuena. Por otra parte, en fin, circula por la red «Hay
alternativas» un libro de catedráticos prestigiosos que nadie publica
porque termina con 115 propuestas para cambiar esta ruina de mundo,
ninguna de las cuales les viene bien a los que mandan. El libro se
reparte gratis (yo mismo se lo envío) y sería bueno echarle un vistazo.
Por lo demás, mi cardiólogo y mi psiquiatra apuestan si sufriré antes un
infarto o una depresión. Ambos, jugadores caballerosos, me han
recomendado dejar de leer la prensa económica. «Si han de joderte no
podrás evitarlo, me dicen, pero no tiene sentido que te mueras por tu
cuenta antes de que lo hagan.»