Miércoles, 14 diciembre 2011
El orinal
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| Francisco Mora
Miedo me dan. Cuando los que cortan el bacalao
(léase Merkozy y los que, ocultos detrás, mueven los hilos de este gran teatro
de marionetas) hablan mucho de una cosa, malo, algo acaba hecho trizas. Hay
otras crisis tras la crisis de don dinero. Y acaso peores, porque afectan a lo
que somos, a nuestro ser más íntimo. Dice ahora farisaicamente Europa que lo de
España no puede ser, que tenemos demasiadas fiestas, nuestros horarios son un
despiporre y eso de tomarse un mes de vacaciones cuando aprieta la calor es un
escándalo. Que tenemos unas costumbres muy perniciosas, vaya, y por eso esta
crisis –que se ve que no han provocado ni especuladores ni usureros- se ceba en
nuestras carnes. ¡Chúpate esa! Después de meternos la mano en el bolsillo
pretenden pasarnos por agua los güevos hasta que se nos ponga esa cara de
estreñidos que se gastan algunos. El cinismo no para en barras. Porque resulta
curioso que hasta hace nada España, sin renunciar a una sola de sus costumbres,
era el gran milagro económico que jaleaba todo el mundo, y los turistas que nos
visitan siguen poniéndose hasta las trancas de paella, cerveza y olés ¡a las
doce de la noche! Y tan contentos. Pues no, dicen que toca ponerse el uniforme
prusiano. No sé a ustedes, pero a mí no me gustan nada los uniformes. Sé que el
día que renunciemos al simbólico orinal de esa siesta tan española, de la que
hablaba Cela, de pijama y orinal, seremos fiambres, habremos dejado de ser para
simplemente estar. Por eso, llegado el caso, yo propondría que nos echemos todos
a la calle con un orinal en la mano coreando, por ejemplo: ¡me niego a la
tristeza! o ¡yo no quiero ser alemán! O así.