Jueves, 15 diciembre 2011
FOTOCROMOS

Una hospedería monacal

Marcar como favorita Enviar por email

Cuenca - Opinión | José Luis Muñoz 20:18 | 3 Comentarios

A Garaballa hay que ir. Quiero decir que no es uno de esos sitios que uno se encuentra al albur de cualquier recodo en cualquier camino, mejor o peor asfaltado, con la excepción clamorosa de autovías y autopistas (además de trenes de alta velocidad), sistemas de transportes en los que no es posible encontrar nada que merezca la pena, a salvo todos los lugares del presuroso avanzar en busca de destino, cuando lo emocionante de los viajes es, justamente lo contrario, la posibilidad de encontrar lo que no se espera, incluyendo el tiempo necesario para verlo y disfrutarlo.

[Img #45579]
    Concluida la digresión volvamos al hilo principal, tomando el argumento donde arrancó, en la primera frase de este artículo: a Garaballa hay que ir, como en un ejercicio voluntario, elegido de manera consciente. Hay ocasiones -este agonizante año, por ejemplo- que promueven el acercamiento a miles de personas, empeñadas en vivir la siempre emocionante romería que traslada desde aquí hasta la ruinosa (y no por ello menos hermosa) villa de Moya a la virgen de Tejeda. Pero también puede hacerse en cualquier otro momento, en este otoño que vive también sus últimos días, cargados de severas temperaturas y de esa melancolía consustancial con el periodo más suavemente adormecedor de cuantos forman el repertorio anual. Envuelto en la serena sucesión de pinares siempre inmutables, el viajero llega finalmente al fondo del valle donde Garaballa se mece entre las colinas inmediatas, sin que falte tampoco el arrullo del río Ojos de Moya, que discurre cercano para perderse entre breñas pedregosas donde se oculta la cueva en que, cuentan historias tradicionales, resistentes a mentes descreídas o escépticas, se apareció la virgen en aquellos tiempos medievales que siguen dando tanto juego en los tiempos modernos que vivimos.

    No hay barullo ni multitudes ni romeros este día en que unos amigos nos acercamos a Garaballa. Tampoco hay eco ya del estrambótico sainete protagonizado por unos cuantos, cura incluido, sobre la peluca de la imagen, incidente capaz de alterar la naturaleza de las cosas, pues es tendencia natural en muchos seres humanos atender más a lo accidental que a lo esencial. Todo es calma y sosiego a través de las calles de Garaballa, por las que paseamos intentando adivinar el trazado original de la villa, ahora tan distorsionado, como es habitual, por desgracia, en casi todos los pueblos conquenses. En cambio, el monasterio sigue luciendo espléndido, recompuestos algunos de sus problemas y superados los desafueros cometidos en épocas por ocupantes circunstanciales. Ahora no los hay. La última comunidad seudomonacal (en verdad, no se cómo se debe calificar a estos grupos que, al amparo de la permisividad de algunos obispos, arraigan en sus diócesis no se sabe bien para qué) abandonó el lugar después de vivir situaciones de escándalo que ya pocos tienen ganas de recordar: la Iglesia es tan generosa perdonando a sus propios pecadores como rigurosísima con los pecados de los demás. Por supuesto, esos huéspedes no tenían nada que ver con los primitivos trinitarios que ocuparon el monasterio en sus inicios. Ahora, como digo, ya no hay nadie en estas dependencias, realmente espléndidas de arquitectura, con un claustro central austero pero bellísimo, con ese encanto natural, siempre admirable, que tienen estos recintos cuadrangulares situados en el corazón de los conventos.

    Sí está siempre abierta -y es detalle digno de agradecer- la espléndida iglesia barroca en cuyo lugar de honor reside de manera permanente la imagen de Santa María de Tejeda. Y es una delicia encontrar posada y comida en la hospedería, por fortuna operativa, en un ambiente amable y con una cocina de carta medida y calidad sobresaliente, virtudes que animan la estancia y compensan de los rigores climáticos de la jornada para hacer agradable las horas pasadas al amparo del lugar. La historia extiende sobre nosotros su manto benéfico y el presente parece estar alejado de crisis, tristezas, problemas y amarguras, rosario de cuestiones que forman el repertorio de la actualidad cotidiana. En Garaballa priman la tranquilidad, la belleza, la ausencia de prisas. Como si fuera un islote de serenidad en la turbamulta de alrededor.

3 Comentarios
justo
Fecha: Viernes, 16 diciembre 2011 a las 18:47
me parece un sitio maravilloso, he estado y reconozco que descubres la tranquilidad y disfrutas con el silencio. es una gozada.
Marta
Fecha: Viernes, 16 diciembre 2011 a las 19:53
Efectivamente he tenido el gusto de pasar un fin de semana en el Monasterio, y ha sido muy relajante. Todo calma , todo paz y un trato exquisito, familiar. Leer un libro al calor de la chimenea, alojarte en una de sus habitaciones y disfrutar de una deliciosa cena.
Dani
Fecha: Viernes, 16 diciembre 2011 a las 21:55
Estuvimos en el monasterio de Tejeda a el pasado puente de diciembre y me asombro, ya que es un lugar encantador, agradable y sobre todo un lugar donde se goza de la tranquilidad y bien estar. Con un equipo fantástico de servicio, siempre atentos a nuestra disposición y con una amabilidad increíble, con comidas y desayunos únicos. Yo y mi novia nos envolvimos en la armonía de la estancia, ya que en el monasterio te pierdes entre historia y tranquilidad, capaz de hacernos olvidar el mundo exterior y pasar unos días maravillosos, catalogo el monasterio de Tejeda como mágico. Agradezco el buen servicio recibido.
eldiadigital.es • LSSIAVISO LEGAL Mapa del sitio
© 2012 • 2010 Todos los derechos reservados.
POWERED BY FOLIOePRESS