Ha muerto Bonifacio Alfonso, a partir de ahora en esta crónica amarga y obituaria, Boni. Y ha muerto en su segunda ciudad, San Sebastián, porque a pesar de haber nacido en Donostia se sentía más de Cuenca que los zarajos, ¡chorra!
Conocí a Boni en mi ciudad, en “El Vaticano” (Plaza Mayor); concretamente en el bar Mangana, con Fermín tras la barra, observado siempre desde la acera de enfrente por Mariano, El Duce, de Los Arcos, el otro bar de “El Vaticano”, porque El Dulcinea estaba ya en la calle San Pedro. Y digo bares y no pub, porque en esa época ya existían también Los Clásicos, Los Elefantes y un poco más tarde Las Tortugas, todos en la calle Pilares, senda que el esqueleto de Boni conocía a la perfección. En fin, que fue en un bar, como no podía ser de otra forma, donde cruce mis primeras palabras con el gran pintor, convertido ya en esa época (1975-80) en el principal cliente de todos los chiringuitos. Era imposible no ver a Boni a las 9 tomar café con copa, a las 14 cañas o vino, y a partir de las 20 whisky y demás brebajes. Y es que Boni era el enviado de Dionisio en la tierra.
Y entre copas, conversaciones y juergas, la magia de sus lienzos y de sus impresionantes grabados, que vendía sin demasiados problemas, eso siempre y cuando le cayera bien el comprador, y haber sido con anterioridad disuadido por Flores, la gran compañera de un gran pintor cuya convivencia el destino quiso fragmentar, o por Antonio Pérez, que junto a Antonio Saura era a los únicos que les hacía algo de caso. Con el resto de pintores no hacía migas; eran demasiado artistas para Boni, que prefería refugiarse en la compañía de la gente de a pie. La Flequi, Caraguapa, El Negro, Pepe El Polvos, Lolilla, La Rubia, Perico Roa, Okano…con quien les cuenta todo esto y, sobre todo, con los gitanos conquenses, junto a los que montó juergas memorables todavía recordadas por algunos de ellos.
Así era Boni: Cuadro vendido, juerga asegurada. Cuando tenía dinero en el bolsillo no paraba hasta que se le gastaba. Entonces, emprendía el camino calle San Pedro arriba hasta llegar a la carpintería de Los Garrotes. Aquí, en su estudio, se encerraba y comenzaba un bello proceso de creación con unos resultados espectaculares. Ni Kooning, ni Asger Jorn, ni Kandinski. NO, Boni era Boni, y de sus pinceles, utilizados a modo de bisturí, salían todos sus miedos, sus frustraciones y sus recuerdos animalarios, todos oníricos, pero recuerdos de toros, de jazz, de sal, mar, de bichos… y una vez más de juergas, porque Boni siempre acababa y empezaba con una juerga, incluso cuando realizó alguna vidriera para la catedral conquense.
¡Ay! Las juergas. Un día comenzamos la fiesta a las 11 de la mañana en Cuenca y acabamos en Casa Patas, en Madrid, a las 4 de la madrugada, rodeados de guitarras, gitanos, flamenco, whisky, vino y jamón. Boni vivía y entendía el flamenco como pocos. Tal vez por eso, por su transgresora personalidad, el mecenas del momento, Fernando Zobel, “Zapatones” para Boni y para todo “El Vaticano”, no pudo llevárselo a su plácido redil de pintores. Boni prefirió la libertad, el aire fresco de La Sierra conquense, antes que estar enlatado todo el día en las Casas Colgadas.
Ese era Boni, el primo de Carlos Inda, el padre de Ivonne y Cristina, y el creador capaz de someter al interlocutor a un estado que requería de constante cordura para poder volver.
Recuerdo que mi director de El Día de Cuenca me encargó una entrevista con Boni. El espacio reservado era la contraportada, y eran las 8 de la tarde y todavía no había dado con él, hasta que me encontré con Flores, quien me dijo que estaba ingresado en el hospital por la paliza que un grupo de fachas le había dado. Cuando llegué a su habitación tenía la cara hecha unos zorros; parecía un Ece Homo. Boni había defendido ante esos energúmenos la libertad y se había cagado en la memoria de Franco. Entonces, se acordó de la entrevista y, ni corto ni perezoso, me dijo: Charly (así me llamaba), me conoces de sobra, invéntatela. Mi director nunca supo que el diálogo era imaginado, incluso se quedó sorprendido cuando a la semana siguiente llegó al periódico un cuadro de Boni, cuya dedicatoria decía: “A Carlos Iserte, por la mejor entrevista que me han hecho”.
Ese era Boni, un gudari de la belleza y un harrijasotzaile de vidrio. Siempre en mi corazón.