Esto se ha terminado. El espejismo de la navidad se acaba de diluir en la tinta del papel de envolver regalos y ahora vuelve la cruda realidad en su papel de estraza a amargarnos los días. No importa, que nos quiten lo bailado en la nochevieja (a 50 euros todo incluido). El próximo lunes volverán los cabreos, las bajas temperaturas, la angustia de los que buscan trabajo, el televisor, la cuñada, Tele 5… Será cuando guardemos los buenos propósitos en el cajón que ya tenemos repleto: dejar de fumar, beber menos, andar un poquito cada día. Y no decir tacos delante de los niños, respetar a los vecinos, mear dentro, comer sano… Leer un poquito después de las comidas, hablar más con la gente, dormir ocho horas, llevar las cuentas al día…
Cuando empiece la próxima semana, seguramente, me levantaré poniendo cuidado en pisar primero con el pie derecho aunque blasfemando, me subiré en el coche sin apenas haber desayunado, llegaré unos minutos tarde para que el jefe sepa que no me resigno y con la cabeza escondida entre los hombros me sentaré en mi puesto de trabajo a recuperar la destreza con los sudokus mientras lanzo miradas aviesas al listillo de la mesa de enfrente. Y así un día tras otro en una especie de nietzscheano eterno retorno de lo idéntico.
La fiesta se ha acabado; Soraya lo acaba de anunciar con su lengua de madera, pero eso no significa que yo lo tenga de admitir; en tiempos de tribulación no hacer mudanza. Yo a lo mío. El lunes se van a enterar estos pringados.