
En realidad, el cambio de
año es, simplemente, un cambio de almanaque. En casa hemos pasado del
rectangular y con mucho colorín de una conocida entidad bancaria (2011), al más
austero y cuadrado de una empresa de impresión madrileña (2012), más acorde con
la grisura de los tiempos que corren, dónde va a parar. Por lo demás, sin
novedades. Uno oye la radio, se asoma a la tele u ojea las páginas del
periódico y comprueba sin asombro que todo sigue igual, monótonamente igual: el
planeta, herido por sus cuatro puntos cardinales, se nos va al garete mientras
nosotros, tristes observadores observados, desde el andén miramos pasar los
trenes vacíos de pasajeros, a veces incluso sin locomotora ni maquinista,
camino de ninguna parte. Y en la calle, más de lo mismo: el colegio vuelve por
sus fueros, rebosante de algarabías escolares tras el parón vacacional y la
señora Virtudes, como todos los martes desde hace varios siglos, arrastra su
melancolía y sus fatigas camino de la plaza del mercado.
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