
Esta es la historia de una vaca que nació libre en el campo florido. El animal tiene dueño, es de alguien. Ninguno de nosotros concibe que una vaca no sea de nadie. Nuestra protagonista era hija de otra vaca; lógico, dirás. No consta en el censo de animales camperos que tuviera hermanos, lo que no significa que fuera ternera única; simplemente que el secretario de la sección correspondiente del registro de alumbramientos y defunciones de bichos del agro no realizó el apunte en el libro oficial correspondiente o que alguien derivó el recurso cárnico al mercado B (no me atrevo a llamarlo mercado negro). La res, merced al buen pasto y al mejor pienso, creció y engordó hasta convertirse en un magnífico ejemplar bellamente ornado por Natura con dos protuberancias córneas antes incluso de haber conocido torito bravo. Más tarde tuvo terneros que nacieron envueltos en un título de propiedad, lo que causaba en el amo tanto placer que solía compartirlo con los amigotes a base de puros caliqueños y copas de Marie Brizard. Así crecía el negocio.
Pero
todo feliz acontecimiento, con la moneda de curso legal, tiene su cruz y fue
que llegó Rajoy para mandar que se pusiera un impuesto gordo a la vaquería porque
la cosa estaba muy mal por culpa de otros, desde luego. Los pocos terneros que quedaron
estaban tristes: Jacinto ya no les cantaba habaneras a la luz de la luna; la
leche se echaba a perder o se rompían los cántaros y apenas si llovía sobre el
prado seco. Dicen que así sigue; no sé
por cuánto tiempo.
![]() |
|||||||||
Instala Flash Player para poder ver el reproductor de video
|
|||||||||