Miércoles, 18 enero 2012
Carne
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| Francisco Mora
No es nada nuevo. Por desgracia, sigue siendo
práctica habitual en muchos países casar a las niñas a la fuerza, con hombres
que les doblan o triplican la edad, previo pago de unas monedas. O sea, que las
familias venden a sus chiquillas al peso, como simple carne y al mejor postor.
Todavía recuerdo estremecido el caso de aquellas cinco mujeres pakistaníes a
las que echaron a una jauría de perros salvajes y, medio despedazadas por las
bestias, enterraron aún con vida, para que su agonía fuese mayor. Habían cometido
el delito de querer elegir por sí mismas a sus futuros maridos y no aceptar los
que les imponía la familia. Unos meses antes, una chica kurda de 16 años había
sido lapidada por su propia parentela con extrema crueldad, mientras un cabrón
retorcido se encargaba de grabar la infamia en su móvil. Supongo que Sahar Gul,
esa niña afgana de 15 años que saltó hace poco a los medios, sabía lo que le
esperaba, así que no pudo oponerse a ser vendida a un marido impuesto. Lo que
no sospechaba es que durante meses sería sometida a torturas feroces –las
imágenes de su cuerpo tumefacto no se nos olvidarán nunca- por negarse a
prostituirse, como pretendían su marido, su suegra y su cuñada. La lógica es
diabólica: si había sido vendida como carne, por qué no sacarle beneficio a la
inversión y ofrecerla como carne al apetito de cualquier pervertido. El mundo
está lleno de “paraísos sexuales” donde se prostituye a los niños. Los mejores
clientes son, por cierto, “respetables señores occidentales”. Qué quieren que
les diga, cuando el corazón humano se pudre hasta esos extremos, el hedor que
desprende envenena incluso el pensamiento.