
En mitad de la cañada real hay un letrero que prohíbe el paso a la propiedad. Me digo que una cañada no tiene dueño y sigo como siempre por el amplio sendero que sube a la sierra. Reflexiono: ¿Cómo un individuo puede apropiarse de lo que es de todos sin que tiemblen los pilares de la patria? Durante el paseo disfruto del sol y del aire puro que me enfría y vivifica; veo pájaros cantores sobre los árboles dormidos y oigo al viento acariciar los brezos. Este inmenso paisaje vibra con el sol del invierno. Voy solo con mis pensamientos. En estas aparece a lo lejos un fulano moviendo frenéticamente los brazos. Sigo a lo mío. Cuando llega a mi altura me enseña una escopeta y berrea no sé qué. Le pido que se calme; no se calma. Grita cada vez más y me llama imbécil por no saber leer los carteles. Telefoneo a la guardia civil, el pavo se achanta y se aleja blasfemando.
Soy un funcionario que transita por la vereda común que ha sido construida con muchísimo esfuerzo por los antepasados desde hace cientos de años. Entro temprano, después de sacar al perro, y ocupo mi puesto donde cumplo a rajatabla con mis obligaciones. En las noticias, oigo cada día la palabra «despilfarro» pronunciada por quienes no pagan sus impuestos, por los que han disfrutado de becas, balnearios, ley de dependencia, libros gratuitos para sus hijos, carreteras dignas... La guardesa de la finca es Cospedal; con su recortadora quiere hacernos volver a cuando había que emigrar para salir la miseria. ¿A quién llamo?
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