
Suena el teléfono. Todas las mañanas a esta misma hora me despierta a timbrazos que es como decir que me despierta a hostias. No lo puedo soportar. Nunca lo he descolgado, siento una profunda aversión al aparato y además hace frío ahí afuera. Hoy he tenido un sueño extraño; no te preocupes, no te lo voy a contar. Me acurruco entre las sábanas y cierro los ojos. De nuevo, el teléfono. Me da igual quién sea. Tengo cosas que hacer; luego me preocuparé, ahora no es el momento.
Me he
desvelado. La ciudad se oculta difuminada entre la niebla, una niebla espesa
con la textura del algodón de azúcar. Reflexiono sobre lo efímero de los
placeres y salgo a la calle donde apenas si se adivinan las luces de los
semáforos que continúan, solo por aburrimiento, su ciclo de colores. El médico me
dice que camine cada día alrededor de una hora sin destino. Voy. La gente con
que me cruzo está dormida, lo imagino porque los viandantes no enseñan más que unos
ojos entornados entre capas de poliamida y lana.
En el
móvil he puesto música mansa, como cuando caen gotitas minúsculas de lluvia. Me
empapo de placer. A las doce, el sol parece desgarrar la niebla con sus dedos
tibios. La ciudad, entonces, se anima de repente, se puebla de coches y de
personas que salen a buscarse la vida; son el diez por ciento de nosotros, van
a pedir comida y ropa y esperanza. Me llaman al móvil; alguien me cuenta lo de
Camps, siento vergüenza, una inmensa vergüenza. De nuevo la niebla.
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