Miércoles, 1 febrero 2012
Gorriones
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| Francisco Mora
Da gusto verla, pero qué hará ahí afuera, con esta
rasca. Dan ganas de decirle: pasa, chica, y caliéntate. Por un momento estoy a
punto de hacerlo, porque da la impresión de que si lo hiciera no rechazaría la
oferta, se pondría en mi mano y restregaría en mi piel tibia sus alas ateridas.
Es una hembra, no lleva esa corbata imponente que lucen los machos en el buche.
Tras picotear un rato, ¿qué?, en el alféizar alza el vuelo y se posa en un
castaño del parque. Mala decisión. Los árboles están en los huesos, mondos y
lirondos. Ramas nervudas hechas témpanos sin una hoja seca en la que
guarecerse. Pienso que los animales también tienen su literatura, efecto quizá
de esta mirada mía distorsionada, propia del enfermo de letras que todo lo mide
y lo cuenta en palabras. Dicen que el perro es el mejor compañero del ser
humano. Pero el gorrión estaba antes. Lleva con nosotros desde el Neolítico.
Unido siempre al hombre, ha poblado nuestros pueblos y ciudades. Allá donde hay
un núcleo de población humana, por pequeño que sea, está él. La historia de
nuestro desarrollo es la historia de ese pajarito menudo al que, de tan
presente en nuestra vida cotidiana, no prestamos atención. Ahora están tomando
las de Villadiego, huyendo a toda mecha de nuestras urbes. En Londres se dan
hoy ya por desaparecidos. En Madrid se calcula que se pierden 14.000 gorriones
al año. Los animales son bioindicadores de primer orden, luego esta huida
señala un problema grave que puede afectarnos a los seres humanos. Quizá ocurre
que, después de miles de años, se han dado cuenta de que el hombre es mal bicho
y no merece la pena. Y en ese plan, oye, mejor solos que mal acompañados.