Hay más Patacos. ¡Claro que sí! Pero pocos como Antonio Osma Aguilar, que quiso ser tan Pataco que eligió, incluso, el día 28 de enero, San Julián (El Tranquilo), para morirse y escapar a otro lugar que a buen seguro no andará muy lejos de El Jesús de las Seis de la Mañana, vulgo El Salvador (Real, Ilustre y Venerable Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno, para que no se enfaden los “catarresolis” que siempre están al acecho para rasgarse las vestiduras, nunca mejor dicho). Digo el último Pataco, porque era Antonio, y no Lale o Angelines, el heredero directo de los genes de su madre Ángeles, la matriarca Pataca con más quilates que la Reserva Federal de Estados Unidos.
Antonio era Pataco hasta las entrañas. No en vano se llamaba igual que su mítico tío. Vivía, y de qué forma, la Semana Santa como pocos, o mejor dicho, disfrutaba de Las Turbas tanto o más que el propio Jesús. Alegría que nos transmitió a todos los que tuvimos la suerte de conocerle y de estar a su lado las madrugadas mágicas del Viernes Santo. Qué noches la de aquéllos años, agazapados en El Terminillo, y acompañados por el sapo de la charca que no paraba de croar hasta que conseguía echarnos de la lumbre que Antonio y El Buitre habían preparado por la mañana.
Allí nos veíamos todos de año en año. Allí acudíamos a la llamada de Pataco todo “quisqui”: Gallarte y su sobrino, Liberty y sus bocatas recuperadores, Lale y su amigo el sapo de la charca, Pedro y sus pies descalzos machacados por el balanceo del “Amarraó” o de El Huerto, El Buitre y su obcecación por contabilizar los coches que entraban por Jábaga, Verges y su wikipedia conquense, Juan, el liberado que nunca salía en Las Turbas…y de vez en cuando algún invitado que otro procedente de Fuentes y de otros lugares que ahora no recuerdo. Transcurridas unas horas, meábamos la hoguera, nos despedíamos del sapo e iniciábamos la marcha hacía el bar de Esteban, desde donde comenzaba la ascensión hasta alcanzar el portón de El Salvador.
Todos liderados por Antonio, que era tan Pataco que, además de nacer en Santa Lucia, trabajó durante toda su vida en la fontanería de Santiago, a escasos diez metros de la iglesia de El Salvador y de la taberna de Botes. ¡Se puede ser más Pataco! Y en esta fontanería de barrio vivimos, tal vez, las mejores experiencias que un turbero que se precie como tal nunca debería de dejar de experimentar. Desde los pisos superiores, cuya propietaria solo conocía Antonio, El Jesús recibió las mejores “pitadas” que sus orejas inertes, cinceladas por el genial Marco Pérez, hayan oído jamás. Antonio se encargaba de fabricar unos clarines trompeteros, a base de cinc y estaño, que para hacerlos soplar había que echarle pulmones, bazo y riñones, pero que cuando sonaban emitían un estridente ruido que obligaba a El Jesús a bailar. ¡Ay qué le den, qué le den!
Era, cómo no, El Cirineo de nuestras pesadas cargas. Siempre estaba Antonio cuando la situación se complicaba; siempre estaba Pataco para escucharte, animarte y ayudarte en lo que hiciera falta; siempre estaba El Fonta para consolar a las chicas, porque antes de que apareciera Lily, mujer y madre de sus hijos, Antonio fue el guardián de todas nuestras novias.
Ese era Antonio: El amigo y el confidente; el sabio y el filósofo de la sencillez, porque El Fonta, además de ser el fontanero del pueblo, conocedor de todos los grifos del Casco Antiguo, de Los Tiradores y San Antón, era de esas personas que la tiranía impuesta por los tiempos digitales se los está llevando por delante sin que haya continuidad generacional para desgracia de todos. Ese era Pataco, EL HOMBRE.