Sábado, 4 febrero 2012
Temblores
Marcar como favorita
Enviar por email
Blogs
Cada día las noticias de los telediarios nos traen a la mesa una ensalada de horrores. Si las desgracias son ajenas las digerimos con cada cucharada de sopa, sin que ni siquiera notemos un ligero sabor a desgracia. En cambio, si las noticias nos plantean negros augurios personales, el filete se nos hace un nudo y tenemos dificultad para tragarlo. Es sorprendente que los males de los otros, aún siendo desagradables, puedan suponer un alivio para nosotros. Un temor controlado puede resultarnos vivificante. El miedo es un mecanismo de supervivencia del que no se puede prescindir, porque nos avisa de los peligros que nos amenazan y pone en alerta nuestros sentidos. La oscuridad de la habitación o un callejón desértico y desconocido crean esa tensión emocional que provoca el miedo. Sin embargo, en nuestra habitación no hay nadie, mientras que el callejón sí es un lugar de incertidumbre. Si el miedo degenera, se convierte en patológico. Freud ya diferenciaba el miedo real del miedo neurótico. El primero es acorde con el nivel de amenaza; el segundo, es una reacción desproporcionada con respecto al peligro real. La crisis no tiene que ver solo con el dinero, sino con la inoculación del miedo. El miedo neurótico es su alimento y nuestros temblores e inseguridades son la energía que refuerza al poder. Los países más ricos del planeta han visto la oportunidad de mantenernos a raya. Nuestros políticos y banqueros obtienen pingües beneficios con nuestra indefensión. Los titulares alarmantes de negras previsiones alimentan a los dueños de la economía del miedo. Los chupasangres se nutren de nuestro temor. Todo esto durará mientras, atrapados en la tela de araña de las cifras, nos movamos temblorosos pensando que este mundo no es nuestro.