Martes, 14 febrero 2012
A la intemperie
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| José Ángel García
Muerde el frío las manos, pese a la protección de
los guantes y a la esplendidez de un sol radiante que baña el serrano paisaje
por el que el columnista había, deliberadamente, venido a perderse para intentar
dejar atrás, siquiera por unas horas, el generalizado clima de intranquilidad,
desasosiego, miedo y agorera desesperanza en el que el casi todo del día a día viene
desenvolviéndose desde hace ya ¿cuánto tiempo? Mucho se teme, sin embargo, que
no va a acabar de conseguirlo, que si bien la belleza del paisaje que ha ido contemplando
a lo largo de su mañanera caminata le había, en efecto, hecho olvidar hasta
ahora los zarpazos de tan dura actualidad, la propia cada vez más sentida
crudeza del aquí estoy de un invierno que de unas fechas a esta parte parece
haber recobrado conciencia de su propia esencia para dar testimonio, a golpe de
termómetro, de serlo, acaba de hacer que su pensamiento salte, en no buscado
paralelismo, al recuerdo de la crueldad de ese global acontecer al que había venido
queriendo hurtarle el cuerpo con su paseo; una crueldad que a tantos y tantas está
dejando o amenaza dejar a la intemperie mientras que las medidas y acciones que
vienen adoptando quienes en teoría deben hacerle frente no parece que acaben de
resultar demasiado eficaces. Déjenle no obstante que, empeñado en buscarle el
quizás a la esperanza, al otear desde la altura esos roturados campos que ya
comienzan a verdear, se aferre al hecho de que tras la invernal dureza acaba siempre
por llegar la primavera.